sábado, 18 de abril de 2020

Nadie se salva solo




Nadie se salva solo
por Javier E. Giangreco (y otros)

No te salves
No te quedes inmóvil
al borde del camino”
Mario Benedetti

Millones de personas encerradas durante semanas sin conocer a nadie que se haya contagiado de COVID-19. ¿No es muy raro? Miles de personas salen de sus casas pero casi en su totalidad cubren su rostro con barbijos o tapabocas caseros, toman distancia de más de un metro en las filas, y tampoco conocen a nadie infectado. ¿Cómo es posible? Las calles desiertas o semidesiertas. ¿Por qué? Porque le tenemos miedo al coronovarius o también llamado “enemigo invisible”. ¿Pero es realmente invisible?
Es técnicamente cierto afirmar que no vemos el virus a simple vista. Pero también podemos decir que no vemos a nadie enfermo. ¿Acaso viste, y hago hincapié en el verbo, a alguien infectado? ¿Conocés a alguien? Lo más cercano, al menos entre la gran mayoría de los argentinos, fue alguien que conoce a alguien que conoce a alguien. Ahora... ¿realmente estamos viviendo este aislamiento obligatorio por miedo a algo invisible? ¿O será que sí lo vemos? Lo vimos en China. Lo vemos en Italia, España, Francia, Reino Unido, EEUU... Es el poder de los medios en tiempos del capitalismo global tecnocrático. (Y eso que no me quiero paranoiquear volviendo a ver “Mentiras que matan” o seguir leyendo sobre interesantes teorías conspirativas).
Se impone comenzar este tercer párrafo aclarando rápidamente que no soy un detractor de las medidas preventivas y urgentes de aislamiento obligatorio. Escuchar al Presidente Alberto Fernández decir que elige cuidar las vidas de las personas por encima de los fríos números de la economía es un bálsamo en tiempos de Trump, Boris Johnson y Bolsonaro. Pero, ¿cuál es límite? ¿En qué momento una medida de excepción deja de ser beneficiosa y se vuelve perjudicial? Habiendo achatado la curva de la pandemia, claramente, y con un sistema de salud no colapsado a esta altura... ¿hasta cuándo mantener a los ciudadanos en confinamiento obligatorio?
Somos seres bio-psico-socio-espirituales. Y una mirada integral de la salud no puede limitar nuestra experiencia vital a lo meramente biológico. Vivir es mucho más que mantener nuestras llamadas funciones vitales. En un primer momento, las medidas de cuidado pusieron en acción a la comunidad organizada. Nadie se salva solodijo el Papa Francisco (y también Alberto Fernández, entre otros). Pero si estas (bio)políticas se extienden en el tiempo pueden convertirse (¿habrá sido la intención en algún momento, en algún lugar?) en formas de manipulación social, disciplinamiento, control y atentando contra el corazón de toda comunidad como bien lo expresa la idea de “aislamiento social”.
Quizás sea momento de volver, al menos un poco, a Aristóteles quien afirmaba que todos los seres humanos deseamos la felicidad y la felicidad se encuentra en la virtud. La virtud ética es un hábito de elección que conduce a optar por el equilibrio entre dos extremos viciosos, y lo llama justo medio. Ni desinterés total por la vida del otro ni confinamiento obligatorio ad eternum. ¿Será eso la llamada transición de la cuarentena administrada?
Esta pandemia, como todo acontecimiento, nos permite un análisis de fortalezas, oportunidades, debilidades y amenazas. Y tenemos para todos los gustos. Hay miradas pesimistas, optimistas, resignadas, derrotadas y esperanzadas. Yo juego en el equipo de los esperanzados. No dejo de ver las posibles consecuencias negativas, los peligros, pero arriesgo a apostar por una salida superadora.¿Cómo salir de la noche doliente?... En su noche toda mañana estriba: de todo laberinto se sale por arriba”, escribía el compañero Marechal (y todos adivinamos allí, también, una crítica literario-ideológica al Borges detractor de los incorregibles).
Lo peor que puede pasarnos como comunidad es, una vez superada la crisis por el COVID-19, haber sido disciplinados en el distanciamiento social y que haya salido fortalecido el sistema que promueve el individualismo, la competencia, y con una desigualdad que ensanche cada vez más la brecha. Que la inmovilización que hoy nos mantiene encerrados en casa se traslade a una inmovilización que nos deje encerrados en nosotros mismos amenaza la existencia del ya maltrecho tejido social. Es un peligro real que el discurso que nos quiere hacer creer que somos héroes por no hacer nada nos lleve a resignarnos a la impotencia y aceptar dóciles el sufrimiento. “El hombre es lobo del hombre” decía Hobbes, y hoy parece reeditarse en aquellos que escrachan a sus vecinos por salir a la calle o quienes quieren expulsar de sus edificios a los profesionales de la salud (luego de, paradójicamente, aplaudirlos cinco minutos en el balcón).
Los Nuevas Tecnologías de la Información y la Comunicación vuelven a explicitar toda su ambigüedad. Hasta hace poco eran acusadas de alejarnos y hoy son la única posibilidad de acercamiento. ¿Qué pasará después? Nos hablan de ciberpatrullaje, geolocalización, control online, y ya no sabemos cómo calificarlo desde lo político y lo moral. Ya estamos acostumbrándonos a que nos lean y escuchen a través de nuestros dispositivos electrónicos, lamentablemente.
Se vuelven a poner en valor usanzas del tiempo de antes. Familias desempolvando juegos de mesa y hasta rompecabezas. Se extraña el almacén de barrio que sí era un comercio de cercanía. Se rompe con el cotidiano concepto del tiempo y del espacio. Ya no hay apuro ni que optimizar las horas. Algunos trabajos demandan más desde casa que yendo al lugar de siempre. No hay que correr para utilizar el baño, ni levantarse tan temprano. También es cierto que quizás nos estemos acostando demasiado tarde. ¿Temprano? ¿Tarde? ¿Para qué? ¿Según quién? ¿Criterios de salud o productivos? Lugares de nuestros hogares que estaban deshabitados son rehabilitados. Se ordena de otra manera. Se cambia para mejor o, simplemente, para hacer algo. Nos permitimos aburrirnos. Nos regalamos momentos de ocio. Algunos, los que podemos. Otros no.
Y muchísimas personas empiezan a experimentar lo que tantas otras viven a diario y desde hace bastante. No hay trabajo. La plata no alcanza. Limitaciones en el acceso a bienes y servicios. Y los invisibles se hacen visibles. Y muchos empiezan a ver que hay millones que viven en condiciones indignas, en situaciones de hacinamiento, fuera del sistema formal, sin acceso de calidad a la salud, con desventajas culturales y educativas, peleando el mango día a día. Y algunos se solidarizan mientras otros se indignan porque el Estado les ayuda. Las crisis ponen sobre la mesa lo que a veces se patea debajo de la alfombra.
Si algo hemos podido aprender en todo este tiempo, es que nadie se salva solo. Las fronteras caen, los muros se derrumban y todo los discursos integristas se disuelven ante una presencia casi imperceptible que manifiesta la fragilidad de la que estamos hechos. La Pascua nos convoca e invita a hacer memoria”, dice Francisco en su escrito “Un plan para Resucitar”. Es la fraternidad universal que recibe la vida como la vida viene. Y es tan interesante y valioso lo que plantea que dejo, casi como para ir cerrando con una luz de esperanza, otro fragmento:

En este tiempo nos hemos dado cuenta de la importancia de unir a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral. Cada acción individual no es una acción aislada, para bien o para mal, tiene consecuencias para los demás, porque todo está conectado en nuestra Casa común; y si las autoridades sanitarias ordenan el confinamiento en los hogares, es el pueblo quien lo hace posible, consciente de su corresponsabilidad para frenar la pandemia... Lección que romperá todo el fatalismo en el que nos habíamos inmerso y permitirá volver a sentirnos artífices y protagonistas de una historia común y, así, responder mancomunadamente a tantos males que aquejan a millones de hermanos alrededor del mundo. No podemos permitirnos escribir la historia presente y futura de espaldas al sufrimiento de tantos. Es el Señor quien nos volverá a preguntar “¿dónde está tu hermano?” (Gn, 4, 9) y, en nuestra capacidad de respuesta, ojalá se revele el alma de nuestros pueblos, ese reservorio de esperanza, fe y caridad en la que fuimos engendrados y que, por tanto tiempo, hemos anestesiado o silenciado.
Si actuamos como un solo pueblo, incluso ante las otras epidemias que nos acechan, podemos lograr un impacto real. ¿Seremos capaces de actuar responsablemente frente al hambre que padecen tantos, sabiendo que hay alimentos para todos? ¿Seguiremos mirando para otro lado con un silencio cómplice ante esas guerras alimentadas por deseos de dominio y de poder? ¿Estaremos dispuestos a cambiar los estilos de vida que sumergen a tantos en la pobreza, promoviendo y animándonos a llevar una vida más austera y humana que posibilite un reparto equitativo de los recursos? ¿Adoptaremos como comunidad internacional las medidas necesarias para frenar la devastación del medio ambiente o seguiremos negando la evidencia? La globalización de la indiferencia seguirá amenazando y tentando nuestro caminar… Ojalá nos encuentre con los anticuerpos necesarios de la justicia, la caridad y la solidaridad. No tengamos miedo a vivir la alternativa de la civilización del amor, que es “una civilización de la esperanza: contra la angustia y el miedo, la tristeza y el desaliento, la pasividad y el cansancio. La civilización del amor se construye cotidianamente, ininterrumpidamente. Supone el esfuerzo comprometido de todos. Supone, por eso, una comprometida comunidad de hermanos”.”.

Se trata de vivir día a día las cuatro “c” que el mismo Francisco propuso en su carta a los Movimientos Sociales: curar, cuidar y compartir en comunidad. Para que cuando vuelvan los encuentros, los abrazos, el mirarse a los ojos, el apretón de manos, los besos, los asados y los mates sea posible realmente la vida en comunidad que es la vida que vale la pena ser vivida.

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