domingo, 21 de junio de 2020

Día del Padre

- Sí, pá -le dije.
Es que me ganó por cansancio. Hace tiempo que me lo viene pidiendo y mi respuesta era siempre la misma: no. Ese “no” que decimos los hijos para construir nuestra identidad diferenciándonos de nuestros viejos. Ese “no” automático que, con el tiempo, va mutando en “no sé”, “tal vez”, “sí”... o también muchas veces sigue quedando en el “no” pero tamizado por la experiencia y el mismo paso del tiempo.
Lo cierto es que ahora tampoco tenía ganas y, posiblemente, esté mucho más complicado que años anteriores. Pero evidentemente algo había cambiado... Ese simple “sí, pá” lo tranquilizó. O al menos eso intuí. Días después me volvió a pedir lo mismo. “Ya te dije que sí”, respondí sin ofuscarme. Y se sorprendió... Nos miramos a los ojos y una sonrisa cómplice se dibujó en nuestros rostros.
Llegué a casa con ganas de cumplir mi promesa. Prendí la notebook, puse YouTube y busqué el tema “Mi viejo” de Piero. “Es un buen tipo mi viejo...”. Y me quedé escuchando. Mientras, me puse a buscar los escritos que año a año Don Jorge regala a sus clientes en La Veronese para el Día del Padre. Encontré una veintena, pero son muchos más. El más antiguo que pude leer es del 2000, aunque sé que hay de años anteriores sin digitalizar.
Hay textos donde escribe como padre y otros como hijo. En algunos da consejos, en otros relata experiencias o comparte frases. De todo un poco. Y me puse a (re)leerlos. En diferentes momentos, distintos pasajes, les juro, lloré. Recuerdo que cada año los leí religiosamente. Pero al releer el texto ya no es el mismo... principalmente porque nosotros no somos los mismos. Sigo pensando diferente en muchas cosas que ya le critiqué oportunamente, como no podía ser de otro modo. Pero empaticé diferente.
Yo lo miro desde lejos, pero somos tan distintos”. Ocurre que nosotros vemos el paisaje desde el atardecer y los hijos ven el mismo paisaje pero en el amanecer. Esa metáfora, de hecho, la dijo mi viejo en mi curso, hacia finales de mi secundaria, una vez que vinieron algunos padres a hablarnos sobre el viaje de egresados. Me quedó grabada... y la volví a encontrar en sus escritos.
Viejo, mi querido viejo. Ahora ya caminas lento, como perdonando el viento”. Y recordé la anécdota que mi viejo me contó tantas veces (y hago el gesto para que suenen los violines). Cuenta el relato que Piero, ni bien terminó de componer la canción, fue corriendo a ver a su padre. Llegó con la guitarra al hombro, le pidió que se siente y escuche. Y la cantó. Al terminar la canción, padre e hijo, con lágrimas en los ojos, estuvieron unos minutos en silencio hasta que su viejo se levantó de su asiento y con todo el cariño del mundo le soltó aquello de: "Ma, quién camina lerdo, la p... que te parió" (yo hubiera escrito el insulto completo pero sé que a mi viejo no le habría gustado; y dejé “lerdo” del original porque también me imagino su corrección en caso contrario). Y ahora también mi viejo camina lento, pensaba mientras seguía escuchando la canción, pero jamás se lo diré (otra vez).
Yo soy tu sangre, mi viejo. Soy tu silencio y tu tiempo”. Qué fuerte esta frase. El tema de la sangre, la familia. Me remite a lo italiano que corre por mis venas (obviamente que con ese lindo mestizaje con lo español y lo criollo). Pero está la tanada que te sube, el gritar, discutir, gesticular de manera ostentosa, disfrutar un buen plato de pastas, ser muy pasional, la presión alta... todo eso. Y más también. Dicen algunos que somos inmortales, entre otras razones, porque seguimos viviendo en las personas que amamos, nos amaron, y en ese grupo selecto están nuestros hijos, nuestra descendencia.
Él tiene los ojos buenos. Y una figura pesada. La edad se le vino encima... Yo tengo los años nuevos. Mi padre los años viejos. El dolor lo lleva dentro. Y tiene historia sin tiempo”. La edad se le vino encima. Es el inexorable paso del tiempo. Dolor. Historia. Y desde ese lugar también me enseña. Porque aprendemos de nuestros padres por sus aciertos pero también de sus errores. Lo mismo pasa y pasará con nuestros hijos... Y hay cosas que se enseñan sin palabras... es más, a pesar de los gestos. Explicamos lo que sabemos, pero enseñamos lo que somos.
Hace 15 años que soy padre y 40 que soy hijo (¿o 41?... prefiero no hacer cuentas). Y la vida es ese camino donde vamos siguiendo huellas y, a la vez, dejando huellas. Ojalá sea siempre rumbeando para la felicidad que es lo que más quiere uno para sí mismo pero, sin dudas, principalmente para sus hijas e hijos. Y siempre estamos a tiempo. A pesar de los muchos aliados necesarios y deseados en este peregrinar. Con mucho amor, humor, alegría y sin miedo. Vivimos a una decisión de poder cambiarlo todo. Intentemos elegir bien. Personalmente, desde que fui padre me hice mucho mejor hijo. Porque descubrí que ser padre no es dar la vida en un minuto, sino en cada minuto de toda una vida. Ser padre es algo común que nos hace la vida especial.
¿Qué me había pedido mi viejo? ¿No lo dije? Bueno, que escriba algo para compartir en el Día del Padre...

Javier E. Giangreco

¿Querés leer todos los textos anteriores que yo leí, releí, y que tanto me emocionaron, a pesar de mis constantes críticas y diferencias? Pasá por...


* Las frases en cursiva sin comillas son citas de mi viejo pero que me fui apropiando con el tiempo.