miércoles, 7 de octubre de 2026

Treinta años llegando tarde

Treinta años llegando tarde

(o cómo terminar adentro de una historia de Casciari sin haber pedido permiso)

por Javier E. Giangreco

El sábado 26 de septiembre de 2026 no será una fecha más para nosotros. Esa noche cerramos nuestra luna de miel en San Antonio de Areco, después de unos días de descanso en las sierras de Córdoba. Fue un final soñado. Un triunfo por nocaut, diría Cortázar si esto fuese un cuento. Y quizás lo es.

Marie sabía que íbamos a ver a Casciari en su espectáculo Sottovoce, en el Restaurante Histórico Lacarra. Para ella, Areco era apenas la última parada romántica para que la vuelta a casa no doliera tanto. De hecho, la idea de ir fue de ella. Nuestro hospedaje en Villa Giardino terminaba antes del fin de semana y veníamos mirando el mapa para no estamparnos de golpe contra la rutina. «¿Y si vamos a ver a Casciari?», me tiró por WhatsApp. Diez minutos después le mandé el comprobante con las dos entradas. Lo que ella no sospechaba —y yo tampoco— era todo lo que se iba a armar poco después.

Unos días antes del civil, mientras escribía un texto con nuestra historia para regalárselo, descubrí una coincidencia que nos venía esquivando hacía muchos años: Casciari. En un rapto de audacia nocturna me senté y le mandé un correo a Hernán. Apliqué al pie de la letra lo aprendido en sus propios talleres de historias: catalizador en el primer párrafo, frases cortas, el destinatario enfocado, un punto de giro clavado en el medio y un final memorable. Pensé un asunto que no fuera directo a la papelera, medí las palabras y abrí con un gancho sin anestesia: «Hay gente que pierde el tiempo en aplicaciones de citas, cuando en realidad lo único que necesitás para enamorarte es que a un gordo de Mercedes se le dé por escribir boludeces en internet». A través de varios párrafos le pasé la lista de nuestros desencuentros a lo largo del tiempo. No le pedía favores, ni saludos, ni nada. Solo le avisé que si el sábado veía en el lugar a dos personas con cara de pelotudos enamorados, supiera que, en el fondo, él era culpable de todo el asunto.

Sábado 26 de septiembre de 2026, a la noche. Llegamos temprano a Lacarra para el show de Casciari. El caserón colonial olía a leña, campo y asador criollo. Al entrar, Marie pispeó la hoja de reservas sobre el mostrador. Ya en la mesa, me tiró un codazo:

—Che, tu nombre tiene una rayita y un círculo al lado. Sos el único que tiene esa marca.

Me hice el desentendido para no delatarme. La mesa asignada estaba en el centro exacto, pegada a las tablas del escenario. Ahí intuí lo que significaba el garabato en la planilla: «Sienten acá adelante a los pelotudos enamorados».

El espectáculo se desarrolló con su liturgia habitual: anécdotas filosas, la risa que revienta en el fondo del salón, los silencios largos y esa cadencia de Casciari que parece desganada hasta que te pega una patada en el pecho. Yo observaba su mesa con atención: un teléfono viejo, la máquina de escribir, una valija chiquita, un par de libros y unas hojas impresas. Hernán leía, tomaba agua y jamás —les juro que jamás— cruzó una mirada conmigo. Pensé lo más sensato: un tipo que llena salas, vende miles de libros y recibe cientos de correos por día difícilmente se iba a detener en el mail de un chabón de Villa Luro al que le gusta escribir.

Hasta que terminó.

O mejor dicho: hasta que hizo el ademán de ordenar los papeles, bajó los hombros, apoyó los codos sobre la madera y carraspeó frente al micrófono. Dijo que lo que venía ahora no estaba en el libreto. Que era un texto inédito, que nadie en esa sala lo había escuchado y que no lo había leído nunca en voz alta.

Levantó las hojas. Y soltó el título:

—«Treinta años llegando tarde».


Casciari cuenta en vivo nuestra historia

En los primeros diez segundos mi cerebro quedó como pedaleando en el aire. Tardé en procesar que la voz de un tipo que escucho hace años en podcasts y videos de YouTube estaba pronunciando las coordenadas de nuestra vida.

«Él y ella crecieron en el mismo barrio. A mediados de los noventa iban al mismo club. También a la misma parroquia. Tenían amigos en común, caminaban las mismas calles. Ella incluso iba a comprar ravioles a la fábrica de pastas de la familia de él. Y nada. Ni una conversación...».

Al lado mío, Marie se quedó dura. Giró la cabeza despacio y me clavó la mirada. No era ternura. Era el desconcierto de ver cómo alguien te abre la valija de los recuerdos íntimos en medio de un restaurante lleno de desconocidos.

Hernán no estaba tirando un saludo de compromiso. Agarró mi mail, lo editó, lo imprimió y armó un relato implacable. «Hay parejas que a las dos de la mañana se mandan fotos en bolas. Estos dos se mandaban correcciones», soltó al pasar, y desató una carcajada en toda la sala.

Fue repasando la lista entera de nuestros desencuentros: los cinco días en Chile en 1998 sin vernos; el pulgar azul en Facebook en 2010 como único rastro digital durante quince años; la misma semana en Tandil a principios de 2025; el cruce de puertas en los talleres de Orsai; y las remeras de la tienda. La de ella: «Tengo la receta del éxito, pero no se entiende la letra». La mía: «Podría citar a Borges, pero no creo que venga». Estábamos uniformados para el desastre antes de habernos dado el primer beso.

Hacia el final, con todo el salón en silencio, Casciari levantó la vista del papel y disparó sin red:

«El lunes pasado, después de treinta años llegando tarde a todos lados, se casaron. Y eligieron terminar la luna de miel en San Antonio de Areco. Él me escribió hace unos días para contarme que este sábado, quizás, venían acá, a Sottovoce. No me pidió nada. No sé si están acá. Si están, no sé en qué mesa. Solo sé que acaban de casarse. Que están terminando su luna de miel. Y que después de treinta años de cruzarse sin encontrarse, se acaban de encontrar también en una historia mía. Así que, por favor, Javier y Marie, si están entre nosotros, permítannos encontrarlos. Nosotros a ustedes. Con este aplauso».

El lugar se vino abajo. Hubo aplausos de pie, abrazos y esa emoción pesada que se arma cuando una historia le pega a todos en el mismo lugar. Varios se acercaron a saludarnos. Casciari estiró la mano desde el escenario y le dio a Marie las hojas que acababa de leer. «Me hicieron llorar», nos dijo una mujer de la mesa de al lado. Hablaba de los tres.

Las hojas impresas dedicada de puño y letra por Hernán

Cuando la gente se fue yendo, nos quedamos a charlar con él. Hernán le firmó uno de sus libros a nuestros hijos (Jaz, Feli, Nico y Lu), y nos dedicó las hojas: «Para Javi y Marie, con afecto!». Nos devolvió la historia en mano, pero convertida en un regalo de casamiento que no se compra en ningún lado.

Treinta años esquivándonos por las mismas veredas de Villa Luro para terminar adentro de un cuento leído en voz alta.

Al final no habíamos llegado tarde: nos estábamos esperando.

Fotos de un 26 de septiembre (2025 y 2026), como cuenta Casciari

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📁 Cuaderno de bitácora y archivo

Para los curiosos del oficio, de las señales y las coincidencias, dejé disponible la trastienda completa de aquella noche: el intercambio de correos electrónicos, los facsímiles de las hojas leídas y firmadas por Hernán, y todas las fotos en alta resolución:



📖 La novela que cita Casciari

Hacia la mitad del video, Hernán cuenta que el primer mensaje que Marie me mandó después de treinta años de silencio fue una declaración de intenciones: «Voy a comprar tu novela».

Esa novela existe. Se llama Vale la pena (diario de alguien que ama) y es el libro que —sin querer— abrió la puerta para que todo esto terminara pasando.

Si te quedaste con ganas de seguir leyendo historias nacidas de esta pluma, la podés conseguir con envío a todo el país en la Tienda Orsai:

sábado, 20 de diciembre de 2025

La Liturgia del Mate

 

* Mención de honor en el concurso "Palabras que nacen del silencio" de la Escuela Teresiana de Promoción Espiritual (ESTEPRE).

La Liturgia del Mate

(o cómo el Amanecer nos Encuentra Caminando)

Algunos creen que el encuentro con Dios siempre requiere de grandes milagros o luces cegadoras. Pero, a veces, el encuentro comienza con un silencio atroz. La vida, en su misterio, nos enfrenta a lo irremediable, a esas pérdidas que nos dejan a la intemperie. Es la Noche Oscura de la que hablaba San Juan de la Cruz; no como una teoría lejana, sino como un plato menos en la mesa de un domingo o el lado vacío de la cama al acostarme.

Viví mi propia Pasión. El momento en que la fe se desnuda y ya no queda consuelo sensible. En medio de ese dolor, cuando la soledad mordía, descubrí una verdad teologal que me sostuvo: extrañar no es estar vacío; extrañar es estar lleno de alguien que se hace presente a pesar de la ausencia. Comprendí que aquella mujer que amé, la madre de mis hijos, dejó de vivir con nosotros para vivir en nosotros.

“Cuando ya no se ve nada, hay que ser fiel a lo que se vio en otros momentos”, decía Fray Mamerto Menapace. “De noche, se camina de memoria”, me dijo un curita amigo. El que ha vivido en la luz del día puede reconocer la noche y animarse a caminar hacia la madrugada. No cualquiera tiene fe en la primavera estando en invierno. En los momentos de crisis, de dolor, de sufrimiento, donde todo se hace difícil, se comienzan a ver los frutos de lo sembrado tiempo antes.

Sin embargo, no se pasa de la Noche al Día en un instante. Existe un tiempo intermedio, un largo y silencioso Adviento. Es el tiempo de la espera activa, donde el peregrino sigue caminando aunque no vea la estrella. En esa espera, la espiritualidad del Carmelo me enseñó a no pelear con la realidad. Aprendí que la clave espiritual no es preguntar "¿por qué?" mirando hacia atrás, sino "¿para qué?" mirando hacia adelante. Tiene que ver con la Fe. Tiene que ver con el Sentido.

Y aquí es donde Santa Teresa de Jesús viene al rescate con su sabiduría práctica: "Dios anda entre los pucheros". Si la fe es real, debe sostenernos un martes por la mañana o un jueves por la tarde, mientras la rutina nos amenaza.

Mi oración se volvió sencilla, doméstica, vital. La mística se redujo a un gesto simple, casi litúrgico: poner el agua para el mate.

El mate se convirtió en mi castillo interior. La bombilla, como un canal de gracia; el agua caliente, como el fervor del Espíritu que necesitamos para no entibiarnos; la yerba, la tierra fértil que espera ser fecundada. Alguna vez imaginé un cuento sobre una yerbera mágica. Narra la historia de un objeto sencillo que tenía el (supuesto) poder de reconciliar a las personas cuando, en realidad, era el tiempo compartido lo que ayudaba a sanar la relación. Durante mi duelo, el mate fue esa yerbera: el lugar donde asumía que lo irremediable no hace que se extrañe menos, pero vivir ese tiempo desde la fe en Dios trae paz y serenidad.

En ese rito cotidiano, "poner el agua para el mate" dejó de ser solo un hábito para convertirse en un acto de esperanza. No ponía el agua solo para recordar; la ponía para caminar hacia el reencuentro definitivo en la Resurrección. Es más, tenía la certeza de que Ella se adelantó para poner el agua para el mate y allí está, esperando. Entonces, cada cebada era un paso. Cada sorbo, una oración de amistad con Dios (y con Ella) en el silencio de la contemplación.

Al tiempo, cuando el corazón parecía haberse acomodado en la quietud, irrumpió Pentecostés. Dicen que el Espíritu sopla donde quiere. Y así, el mismo día de la Fiesta, el Espíritu Santo sopló de nuevo en mi vida. No para borrar el pasado —porque el amor verdadero es eterno—, sino para ensanchar y ampliar la capacidad de amar.

Apareció Ella. O mejor dicho, reapareció. Porque aunque habíamos compartido ámbitos y cruzado caminos hace más de veinticinco años, Dios nos tenía reservado este kairós, este tiempo oportuno para el reencuentro. Un amor inesperado que vino a llenar el vacío existencial, no como un reemplazo, sino como una nueva oportunidad sagrada.

No fue un deslumbramiento fugaz; fue la certeza del vino nuevo. Descubrí que es posible sanar juntos, que dos historias con sus propias heridas pueden encontrarse para construir algo nuevo y santo. Esta relación es una experiencia de amor que transforma; es sentir la calidez de estar en casa, donde Dios está en el centro y nos invita a celebrar la vida.

Hoy, mi vida integra estos dos amores en un solo movimiento de gratitud. El dolor por la partida de quien fue mi compañera se entrelaza con la alegría de quien hoy camina a mi lado hacia un nuevo horizonte matrimonial. No se contradicen; se completan en el misterio del corazón humano que, cuando se deja tocar por Dios, siempre se expande.

El mate ya no se toma en soledad; se comparte. Y en ese compartir, en esa oración de amistad hecha diálogo y compañía, vuelvo a confirmar que el Amor es más fuerte que la muerte.

Como peregrinos de la esperanza, seguimos caminando. No nos inquietamos por el mañana, porque sabemos que a cada día le basta su preocupación y que la paciencia todo lo alcanza. La vida sigue, y la celebramos porque amamos la vida. Y en cada mate compartido, en cada recuerdo honrado y en cada nuevo proyecto de a dos, confirmamos la promesa:

Quien a Dios tiene, nada le falta.

Solo Dios basta.


Nombre: Javier Esteban Giangreco País: Argentina Biografía: Un peregrino de la esperanza, que descubrió que el amor es más fuerte que la muerte y que Dios siempre nos da una nueva oportunidad para ser felices y valiosos.


domingo, 30 de noviembre de 2025

En Los Toldos, sin Mamerto


 “Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida…”

Del 21 al 23 de noviembre, estuve de nuevo en el Monasterio Benedictino Santa María de Los Toldos. Fui por primera vez a mis 19 años y hoy, más de 25 años después, cuento con varios retiros por esos lados en mi haber. Pero esta vez, fue distinto.

“…y entonces comprende, cómo están de ausentes las cosas queridas”

Fue mi primera visita desde que falleció Mamerto. Y eso lo cambia todo. El lugar, hermoso como siempre. Uno se encuentra con Dios también en ese paisaje, en la naturaleza que brilla en todo su esplendor. Las oraciones comunitarias con los monjes, siempre presentes acompañando los diferentes momentos del día. El silencio. Los ejercicios espirituales que, una vez más, me preparó mi cura amigo. El pan, el queso, el vino. Todo lo mismo, lo de siempre… pero ya no está Mamerto.

Fui dos veces al cementerio en esos tres días. Las últimas dos veces que estuve en Los Toldos, Mamerto en persona señalaba el lugar donde descansarían sus restos agregando, con el humor de siempre, que allí “iba a estacionar”. Y, de hecho, ahí está la lápida. Sé que él no está en ese lugar, pero me ayudó sentarme al lado, rezar, hablarle. También, debo reconocer, fue muy lindo hacerlo acompañado. Es más, creo (de creer, con fe) que Mamerto tiene mucho que ver en esa compañía (pero sobre eso compartiré en otro momento).

Todo lo que quise escribir sobre él ya está en el posteo del 9 de junio (tres días después de su muerte). Por eso, me reservo los últimos párrafos, los próximos, para hablar sobre qué me dejaron estos tres días de encuentro con Dios:

Lo primero, ser agradecido. Fue un año de muchas bendiciones. Como toda mi vida, creo. A veces, me preguntan por mi fe en momentos de dolor y oscuridad, que los tuve, pero siempre me sentí mucho más cerca de la luz y por eso doy a gracias a Dios. Por la vida que viví hasta hoy. Por las personas con las que compartí. Por mis hijos, y toda mi familia. Por los cambios laborales, profesionales de este 2025. Por los logros, en especial con la escritura, que se dieron en este año. Y por el amor, por mi compañera con la que andamos soñando juntos.

También hubo pedidos y súplicas, desde luego. Me alegra saberme escuchado por Dios, aunque no siempre responda como yo lo espero. Es que la experiencia de abandonarse en Él, algo que vivencio cada vez más, trae serenidad, paz y alegría a mi vida. Amén.

viernes, 31 de octubre de 2025

Hay que saber irse a tiempo

Hay que saber irse a tiempo. No es fácil, lo sé. La sabiduría y la prudencia son dos virtudes, y los hábitos buenos hay que ejercitarlos. No siempre hay un adónde ir, pero saber dónde no hay que quedarse ya es un paso valioso.

En septiembre me ofrecieron el retiro voluntario de la Honorable (¿?) Cámara de Diputados de la Nación. Luego de casi 20 años ahí, me ofrecían la posibilidad de irme con una indemnización. La plata era un señuelo, más en estos tiempos donde ya no recuerdo lo que era llegar a fin de mes sin endeudarme. Pero no iba a dejar que mi decisión fuese solamente económica, y me puse a pensarlo, charlarlo con gente cercana que me quiere, y rezarlo mucho.

Cuando ingresé a Diputados en abril de 2006, lo hice convencido de que la política es una herramienta de transformación de la realidad, una de las formas más altas de la caridad, una de las maneras de mejorar la vida de las personas, las comunidades, especialmente las más vulnerables, perjudicadas y desfavorecidas. Veinte años después sigo creyendo lo mismo, a pesar del ejercicio concreto de quienes toman las decisiones y las ejecutan.

Ingresé con mucha ingenuidad, altas expectativas y esperanza. Las dos primeras las fui perdiendo en el camino y la última, si bien ya no está intacta, sigue presente… porque es lo último que se pierde. Asesoré, aprendí, mejoré, me formé, milité, fui candidato, incidí en varios proyectos que terminaron siendo textos legales de nuestro marco normativo, y hasta puedo decir que fui actor fundamental en una ley vigente en nuestro país. También me pasó factura la política partidaria, con sus luces y sombras.

Lo cierto es que en septiembre nos ofrecieron, solo por ese mes, la posibilidad de irnos de manera voluntaria con algo de plata a cambio. Consulté las condiciones el primer día, pero terminé decidiéndome recién el último. Sin certezas. Con mucho riesgo. Sin red laboral donde caer, pero con la fe como bandera. Las ofertas laborales, y las entrevistas que tuve, terminaron corroborando mi intuición inicial.

Hay que saber irse a tiempo. No es fácil, pero lo hice. Voy a extrañar personas, y me llevo recuerdos de épocas mejores. Pero siempre rezo por poder discernir de la mejor manera la voluntad de Dios en mi vida, y hoy tengo paz y alegría con el camino elegido. “Vivimos a una decisión de cambiar el rumbo de los acontecimientos”, escribí en el primer capítulo de “Vale la pena”. Bueno, eso hice y se materializa hoy, en este último día de trabajo en la HCDN. Una decisión que tiene que ver con lo vocacional, con el sentido, con los proyectos, con los sueños. Una decisión muy importante, una más en este hermoso 2025 que vino a cambiarme la vida… para mejor. Para seguir siendo feliz y valioso. Que así sea.


 

jueves, 25 de septiembre de 2025

Vale la pena... comprarla


La espera valió la pena. La novela ya está entre nosotros.

Desde hace unos meses que me llegan millones de consultas por WhatsApp, mail, llamadas al teléfono fijo, por instagram, TikTok, y hasta me han parado en la calle solo para saber cómo comprar mi novela. Bueno, llegó la hora de revelar uno de los grandes misterios de la historia de la humanidad.

¿Querés comprar la novela? Es muy fácil. 

La mejor opción es escribirle de mi parte a Abismo Libros (@abismolibros en instagram) y te van a ofrecer el libro con descuento. Además, podés pedir dedicatoria personalizada y, en una de esas, te entrego el libro en mano.

Si buscas una oferta virtual (o sos fan de Casciari), podés conseguirla online en la Tienda Orsai (podés retirar por el local de Paseo La Plaza o pedir envío a domicilio a todo el mundo).

Otra alternativa es ir directamente a la Librería Patria Grande, ubicada en Av. Rivadavia 6374 (estación Carabobo del subte A).

Por último, tenés Caburé Libros. La editoral que publicó mi novela. También ofrece la posibilidad de retirar en el local de Mexico 620 o pedirla con envío a domicilio dentro de Argentina.

¿Te quedó alguna duda? Escribime por el medio que quieras.

¿Vale la pena comprar la novela? Sí, vale la pena.

     

jueves, 26 de junio de 2025

El Sagrado y la Virgen del Perpetuo


Hoy, viernes 27 junio de 2025, coinciden en el calendario litúrgico católico la fiesta de las dos devociones más importantes en mi vida, algo que no sucede seguido. Si bien esta advocación de la Virgen siempre se celebra el mismo día y mes de cada año, la fiesta del Sagrado va cambiando ya que es el primer viernes luego de la solemnidad de Corpus Christi.

Me bautizaron en la Parroquia Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, hace ya 45 años. Antes, mis viejos se habían casado ahí mismo. Mi madre, y mi abuela paterna también, cursaron en la escuela que queda en esa misma manzana: Nuestra Señora del Buen y Perpetuo Socorro (y años después, también yo trabajé ahí).

Comencé la primaria en una escuela de los Hermanos Corazonistas (que justo hoy cumple años), y me quedé a vivir ahí. Allí había cursado mi viejo, y luego fueron mi hermano, mis cuñados, mi sobrina y mis hijos. A mis primeros amigos de verdad los conocí en ese lugar. Recibí la primera comunión, me confirmé y participé de los grupos juveniles. También en ese lugar conocí a mi esposa, la madre de mis hijos.

Luego, volví a irme a la Parroquia del Perpetuo Socorro. Primero, organizando las misas. Después, participando en los grupos juveniles. Allí hice nuevos amigos, algunos de los cuales siguen siéndolo. También me casé en esa parroquia, y en su cinerario descansan los restos de mi esposa y mi viejo.

Toda mi vida es vida de fe y vida en familia. Y toda mi fe, y toda mi familia, está marcada a fuego por estas dos devociones. Por eso, y por mucho más, no quería dejar de compartirlo.

Sagrado Corazón de Jesús. En Vos Confío.

Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. Ruega por nosotros.

Amén.

viernes, 13 de junio de 2025

Escritor


Cuando tenés algunos libros publicados, ya podés celebrar el #DíaDelEscritor desde otro lugar... Escribo desde muy chico, en varios géneros y registros, pero nunca me sentí tan escritor como en estos tiempos.
Amo escribir. Lo disfruto mucho, aunque también lo sufro por momentos.
Es una hermosa experiencia saberte leído por otras y otros que se emocionan con tus palabras, que ríen y lloran, que se sienten identificados, interpelados, que empatizan con los personajes, que se enojan, disfrutan…
¡Feliz día escritoras y escritores! Y felicidades para mí también por haber redescubierto esta vocación.

"Javier Esteban Giangreco nació en la Ciudad de Buenos Aires, en 1980.

Es profesor de Filosofía y Psicología, además de licenciado en Educación, con más de veinticinco años de experiencia en escuelas secundarias.

Estudió Letras, Ciencias Sagradas, y cursó una maestría en Filosofía, además de participar en varios Talleres Literarios.

De todo eso, sus lecturas, su vida, y mucho más, da cuenta su escritura".





Mi X (ex Twitter): https://twitter.com/eltanojg



Vale la pena (diario de alguien que ama) en Caburé Libros: https://caburelibros.ar/product/vale-la-pena-diario-de-alguien-que-ama/

Vale la pena (diario de alguien que ama) comprarla: https://javiergiangreco.blogspot.com/2025/09/vale-la-pena-comprarla.html

20 imágenes sobre la novela: https://www.instagram.com/p/DIogi4SRN9f/




Diario de Alguien que Espera: http://diariodealguienqueespera.blogspot.com/



Entrevista en "La Sommelier de Libros" (con Hernán Casciari): https://www.youtube.com/watch?v=dY5UMTnDlJg

Entrevista en "La Sommelier de Libros" (con Guillermo Martínez): https://www.youtube.com/watch?v=GwACgTglMKM

Entrevista en "La Sommelier de Libros" (con Pablo De Santis): https://www.youtube.com/watch?v=hs4fhii7AWI&t=1s

Entrevista en "La Sommelier de Libros" (con Tomás Downey): https://www.youtube.com/watch?v=ERPzTOdtNM8&t=1s

Publicación en Revista Orsai: https://revista.orsai.org/historias-de-taller/

Reel sobre la Publicación en la Revista Orsai: https://www.instagram.com/reel/DHLwokqxiEV/?igsh=cHd1d2tsOHdkem81

Mi CV: