jueves, 25 de febrero de 2021

Mi oración cuaresmal

Mi oración cuaresmal consta de tres momentos fuertes durante el día: uno a la mañana, otro a la tarde y el último a la noche. Y sobre eso va esta compartida…

Lo primero que hago al levantarme es poner un listado de canciones en YouTube que armé yo. Se llama “oración”. Mientras escucho, rezo y canto, me preparo el mate. Es un lujo que me permiten las vacaciones de verano. Veremos cómo me acomodo en unos días…

Con el mate, me arrimo a la mesa donde tengo la notebook prendida -el mismo lugar donde están sonando las canciones- en el salón de casa. Los chicos duermen todavía. Y ahí mismo comienzo la Lectio Divina. Leo las lecturas del día y me quedo rumiándolas. Tengo una app en el celu (LiCo, de Liturgia Cotidiana), pero también hay páginas de internet a la vez que me llega por mail. Se puede elegir. Le dedico un tiempo interesante a gustar y sentir, saborear, la Palabra de Dios. ¡Y les juro que me cambia el día! Siempre hay, al menos, una frase que me queda picando… y se aparecen rostros, recuerdos, proyectos, ideas, sensaciones.

Con todo eso en el corazón me sale escribir algo casi siempre. A veces reflexiones, otras literatura o, de mínima, compartir en las redes alguito.

Por la tarde, participo de la celebración de la Santa Misa. La pandemia, la virtualidad, me regalan esta oportunidad cada día, y siempre elijo la que preside mi hermano.

Por último, a la noche, realizo la llamada “pausa ignaciana”. ¿Qué es? Un examen del día muy sencillo, breve, pero que también me viene cambiando la vida. Hay un esquema básico aunque yo suelo usar una app que se llama “Redescubrir el examen”. Ese pequeño examen al finalizar el día me cambia la perspectiva. Dicen que “si gastás tu noche llorando la puesta del sol, las lágrimas no te dejarán ver las estrellas”. En este examen jesuita tiene mucho lugar la gratitud. A veces vemos todo oscuro, mal, y saber qué cada día tenemos bendiciones para agradecer ensancha la mirada. Obvio que también hay un momento de pedir perdón pero, más que nada, proyectar el día siguiente. Ir paso a paso. Cambiando de a poco, mejorando.

Y vos, ¿cómo venís rezando?

Fotos en Instagram

Sufrir pasa...

viernes, 1 de enero de 2021

Diario de alguien que ama


"El que se compromete a amar se arriesga a sufrir pero sufrir por amor vale la pena".

Esa frase es la síntesis perfecta de mi novela, la declaración del tema.

¿Mi novela? Sí. Terminé de reescribirla. Luego de tantos años de ponerle palabras, en múltiples sentidos, me pasé toda la segunda mitad del 2020 revisando, corrigiendo, reelaborando, mejorando, editando. Y acá está, empezando el 2021 en su versión (casi) final. ¿Qué le falta? Les cuento…

Le falta volver a ser leída por algunas y algunos de ustedes. ¿Quiénes? Los que tengan tiempo y ganas, los que puedan y quieran. ¿Cómo? Me escriben por privado y les hago llegar la versión digital. Sin compromiso. Con total libertad.

Mi idea es darme dos semanas de respiro y llegar a su versión final definitiva en la segunda quincena de enero. ¡Todas las devoluciones serán bienvenidas!

Sinopsis:

Jerónimo es un tímido adolescente de diecisiete años al que le pasa algo que lo cambia todo: se enamora. El problema parece ser que la chica en cuestión es, a la vez, la imposible, la incorrecta y la indicada. Mariela lo seduce sin querer al buscar hacerle gancho con su gran amiga: Daniela. Para colmo su enamorada es la hermana menor de un compañero de colegio, y tiene un competidor desleal que corre con ventaja. ¡Bienvenidos al infierno!

El relato comienza con su caminar errante, solitario, desesperanzado, desorientado, sin rumbo, fruto del desamor: Ella lo rechazó. Se encuentra con tres pibes –tres eres angelicales al rescate- en una plaza y comienza a matear con ellos. Les cuenta su historia de amor, es decir, sus últimos nueve meses. Los 3 compañeros de camino le hacen todo tipo de preguntas y comentarios, y lo ayudan a ponerle palabras a lo que le pasa gracias a su escucha atenta. El narrar le permite a Jero comprender y tomar una decisión: jugarse por el amor. El relato en pasado da lugar a la vivencia en presente. Es febrero del 98 y una serie de sucesos van a dar lugar al desenlace.

Una historia de amor adolescente, nacida al calor de un grupo juvenil católico, que nos invita a seguir creyendo que amar siempre vale la pena.

sábado, 26 de septiembre de 2020

Vale la pena

No, no es una novela nueva; solo le cambié el título. Sí, otra vez. Pero no es solamente eso… Ingresé en otro proceso de reescritura. Les comparto.

Esta obra nació como novela hace, más menos, 15 años. Pero es hija y deudora de textos previos de géneros diversos (epistolar, diario personal y hasta musical).

A lo largo de estos años fue teniendo distintos títulos (este es el sexto), diferentes enfoques, objetivos, registros, estilos literarios, proyectos... que, a su manera, quedaron sedimentados en capas que eran todavía identificables.

En septiembre de 2018 me propuse retomar la escritura de esta obra luego de una pausa, un descanso, ¿un abandono?, de varios años. La muerte del amor de mi vida lo cambió todo y la escritura me ayudó a transitar, reorientar, el duelo.

Tiempo después me decidí y me puse plazos que fui cumpliendo.

El 14/8 di por finalizada la primera versión borrador.

El 15/8 la envié a 7 lectores cero para tener una primera devolución.

El 30/8 arribé a un texto superador, y durante la primera semana de septiembre lo estuve compartiendo con otra gente cercana.

El 8/9, finalmente, se lo envié a una profesional para que realice un informe de lectura que me llegó este 23/9.

El 24/9 me decidí a tomar el texto como un borrador y comenzar a trabajar nuevamente en la novela, pero desde otro lugar.

Este recorrido, este camino, fue muy enriquecedor y me fue transformando en múltiples sentidos. Me refiero a los tantos años de escritura, especialmente los últimos dos, pero también a ir recibiendo una retroalimentación con las y los lectores. Al principio me enojaban algunos comentarios –al fin y al cabo estaban opinando sobre mi vida- pero fui aprendiendo –más rápido de lo que hubiera pensado- a ser receptivo y proponerme como objetivo mejorar la novela.

Es una hermosa experiencia saberte leído por otras y otros que se emocionan con tus palabras, que ríen y lloran, que se sienten identificados, interpelados, que empatizan con los personajes, que se enojan, disfrutan… y que, a pedido mío, tienen la libertad de hacerte devoluciones, planteos, preguntas, sugerencias. Me ayudó –y mucho-a mejorar el texto.

Pero las 14 o 15 personas que leyeron la novela son cercanas, conocen la historia y saben que es una obra autobiográfica. En cambio, el informe de una desconocida generó un antes y un después. En gran medida por sus aportes desde lo profesional pero también por su lectura desde otra distancia.

Y acá estamos hoy, intentando hacer literatura. El informe me ayudó a objetivar muchas cosas que yo mismo me planteaba pero en las que me costaba tomar una –dolorosa- decisión. Se explicitaron también algunas consideraciones ya realizadas por lectores cero. Y algunos análisis puntuales me terminaron por definir para hacer un cambio más de fondo.

La historia sigue siendo la misma; es el corazón de la novela. Pero ahora me senté a repensar la estructura narrativa y todo lo que eso implica. Escribir de cero el comienzo. Reescribir el final. Quizás reorganizar alguna fecha. Y “podar la hojarasca”, en palabras de un amigo (eliminar ensayos, poemas, canciones, descripciones que dispersan, etc.). Solo eso llevó a que las más de 45 mil palabras se conviertan, de un plumazo, en 27 mil. Y las 242 páginas bajaron a 149.

Pero no alcanza. También me propuse trabajar más en los personajes. Depurar los que son innecesarios en la historia aunque hayan sido importantes para el autor (para mí, ja). Profundizar en las fichas, principalmente con su personalidad, su carácter, trabajando algunas incoherencias (¿reales o producto de la deformación de la memoria?). Cambiar casi todos los nombres para alejarlos más de la “history” y llevarlos con libertad a la “story”. No hacer un relato científico, exacto, sino escribir una narrativa mítica.

Es un lindo desafío que saboreo poder encarar. Y seguramente tiene que ver con un proceso personal (bio-psico-socio-espiritual) por el que ando rumbeando.

¿Vale la pena? Sí. Vale la pena.

P.D.: Al que quiera leer la última versión del “Diario de Alguien que Espera”, con toda su fidelidad a lo autobiográfico, me lo puede pedir (comentando acá o por privado). Lo tengo en pdf para leer en digital...

domingo, 21 de junio de 2020

Día del Padre

- Sí, pá -le dije.
Es que me ganó por cansancio. Hace tiempo que me lo viene pidiendo y mi respuesta era siempre la misma: no. Ese “no” que decimos los hijos para construir nuestra identidad diferenciándonos de nuestros viejos. Ese “no” automático que, con el tiempo, va mutando en “no sé”, “tal vez”, “sí”... o también muchas veces sigue quedando en el “no” pero tamizado por la experiencia y el mismo paso del tiempo.
Lo cierto es que ahora tampoco tenía ganas y, posiblemente, esté mucho más complicado que años anteriores. Pero evidentemente algo había cambiado... Ese simple “sí, pá” lo tranquilizó. O al menos eso intuí. Días después me volvió a pedir lo mismo. “Ya te dije que sí”, respondí sin ofuscarme. Y se sorprendió... Nos miramos a los ojos y una sonrisa cómplice se dibujó en nuestros rostros.
Llegué a casa con ganas de cumplir mi promesa. Prendí la notebook, puse YouTube y busqué el tema “Mi viejo” de Piero. “Es un buen tipo mi viejo...”. Y me quedé escuchando. Mientras, me puse a buscar los escritos que año a año Don Jorge regala a sus clientes en La Veronese para el Día del Padre. Encontré una veintena, pero son muchos más. El más antiguo que pude leer es del 2000, aunque sé que hay de años anteriores sin digitalizar.
Hay textos donde escribe como padre y otros como hijo. En algunos da consejos, en otros relata experiencias o comparte frases. De todo un poco. Y me puse a (re)leerlos. En diferentes momentos, distintos pasajes, les juro, lloré. Recuerdo que cada año los leí religiosamente. Pero al releer el texto ya no es el mismo... principalmente porque nosotros no somos los mismos. Sigo pensando diferente en muchas cosas que ya le critiqué oportunamente, como no podía ser de otro modo. Pero empaticé diferente.
Yo lo miro desde lejos, pero somos tan distintos”. Ocurre que nosotros vemos el paisaje desde el atardecer y los hijos ven el mismo paisaje pero en el amanecer. Esa metáfora, de hecho, la dijo mi viejo en mi curso, hacia finales de mi secundaria, una vez que vinieron algunos padres a hablarnos sobre el viaje de egresados. Me quedó grabada... y la volví a encontrar en sus escritos.
Viejo, mi querido viejo. Ahora ya caminas lento, como perdonando el viento”. Y recordé la anécdota que mi viejo me contó tantas veces (y hago el gesto para que suenen los violines). Cuenta el relato que Piero, ni bien terminó de componer la canción, fue corriendo a ver a su padre. Llegó con la guitarra al hombro, le pidió que se siente y escuche. Y la cantó. Al terminar la canción, padre e hijo, con lágrimas en los ojos, estuvieron unos minutos en silencio hasta que su viejo se levantó de su asiento y con todo el cariño del mundo le soltó aquello de: "Ma, quién camina lerdo, la p... que te parió" (yo hubiera escrito el insulto completo pero sé que a mi viejo no le habría gustado; y dejé “lerdo” del original porque también me imagino su corrección en caso contrario). Y ahora también mi viejo camina lento, pensaba mientras seguía escuchando la canción, pero jamás se lo diré (otra vez).
Yo soy tu sangre, mi viejo. Soy tu silencio y tu tiempo”. Qué fuerte esta frase. El tema de la sangre, la familia. Me remite a lo italiano que corre por mis venas (obviamente que con ese lindo mestizaje con lo español y lo criollo). Pero está la tanada que te sube, el gritar, discutir, gesticular de manera ostentosa, disfrutar un buen plato de pastas, ser muy pasional, la presión alta... todo eso. Y más también. Dicen algunos que somos inmortales, entre otras razones, porque seguimos viviendo en las personas que amamos, nos amaron, y en ese grupo selecto están nuestros hijos, nuestra descendencia.
Él tiene los ojos buenos. Y una figura pesada. La edad se le vino encima... Yo tengo los años nuevos. Mi padre los años viejos. El dolor lo lleva dentro. Y tiene historia sin tiempo”. La edad se le vino encima. Es el inexorable paso del tiempo. Dolor. Historia. Y desde ese lugar también me enseña. Porque aprendemos de nuestros padres por sus aciertos pero también de sus errores. Lo mismo pasa y pasará con nuestros hijos... Y hay cosas que se enseñan sin palabras... es más, a pesar de los gestos. Explicamos lo que sabemos, pero enseñamos lo que somos.
Hace 15 años que soy padre y 40 que soy hijo (¿o 41?... prefiero no hacer cuentas). Y la vida es ese camino donde vamos siguiendo huellas y, a la vez, dejando huellas. Ojalá sea siempre rumbeando para la felicidad que es lo que más quiere uno para sí mismo pero, sin dudas, principalmente para sus hijas e hijos. Y siempre estamos a tiempo. A pesar de los muchos aliados necesarios y deseados en este peregrinar. Con mucho amor, humor, alegría y sin miedo. Vivimos a una decisión de poder cambiarlo todo. Intentemos elegir bien. Personalmente, desde que fui padre me hice mucho mejor hijo. Porque descubrí que ser padre no es dar la vida en un minuto, sino en cada minuto de toda una vida. Ser padre es algo común que nos hace la vida especial.
¿Qué me había pedido mi viejo? ¿No lo dije? Bueno, que escriba algo para compartir en el Día del Padre...

Javier E. Giangreco

¿Querés leer todos los textos anteriores que yo leí, releí, y que tanto me emocionaron, a pesar de mis constantes críticas y diferencias? Pasá por...


* Las frases en cursiva sin comillas son citas de mi viejo pero que me fui apropiando con el tiempo.

sábado, 18 de abril de 2020

Nadie se salva solo




Nadie se salva solo
por Javier E. Giangreco (y otros)

No te salves
No te quedes inmóvil
al borde del camino”
Mario Benedetti

Millones de personas encerradas durante semanas sin conocer a nadie que se haya contagiado de COVID-19. ¿No es muy raro? Miles de personas salen de sus casas pero casi en su totalidad cubren su rostro con barbijos o tapabocas caseros, toman distancia de más de un metro en las filas, y tampoco conocen a nadie infectado. ¿Cómo es posible? Las calles desiertas o semidesiertas. ¿Por qué? Porque le tenemos miedo al coronovarius o también llamado “enemigo invisible”. ¿Pero es realmente invisible?
Es técnicamente cierto afirmar que no vemos el virus a simple vista. Pero también podemos decir que no vemos a nadie enfermo. ¿Acaso viste, y hago hincapié en el verbo, a alguien infectado? ¿Conocés a alguien? Lo más cercano, al menos entre la gran mayoría de los argentinos, fue alguien que conoce a alguien que conoce a alguien. Ahora... ¿realmente estamos viviendo este aislamiento obligatorio por miedo a algo invisible? ¿O será que sí lo vemos? Lo vimos en China. Lo vemos en Italia, España, Francia, Reino Unido, EEUU... Es el poder de los medios en tiempos del capitalismo global tecnocrático. (Y eso que no me quiero paranoiquear volviendo a ver “Mentiras que matan” o seguir leyendo sobre interesantes teorías conspirativas).
Se impone comenzar este tercer párrafo aclarando rápidamente que no soy un detractor de las medidas preventivas y urgentes de aislamiento obligatorio. Escuchar al Presidente Alberto Fernández decir que elige cuidar las vidas de las personas por encima de los fríos números de la economía es un bálsamo en tiempos de Trump, Boris Johnson y Bolsonaro. Pero, ¿cuál es límite? ¿En qué momento una medida de excepción deja de ser beneficiosa y se vuelve perjudicial? Habiendo achatado la curva de la pandemia, claramente, y con un sistema de salud no colapsado a esta altura... ¿hasta cuándo mantener a los ciudadanos en confinamiento obligatorio?
Somos seres bio-psico-socio-espirituales. Y una mirada integral de la salud no puede limitar nuestra experiencia vital a lo meramente biológico. Vivir es mucho más que mantener nuestras llamadas funciones vitales. En un primer momento, las medidas de cuidado pusieron en acción a la comunidad organizada. Nadie se salva solodijo el Papa Francisco (y también Alberto Fernández, entre otros). Pero si estas (bio)políticas se extienden en el tiempo pueden convertirse (¿habrá sido la intención en algún momento, en algún lugar?) en formas de manipulación social, disciplinamiento, control y atentando contra el corazón de toda comunidad como bien lo expresa la idea de “aislamiento social”.
Quizás sea momento de volver, al menos un poco, a Aristóteles quien afirmaba que todos los seres humanos deseamos la felicidad y la felicidad se encuentra en la virtud. La virtud ética es un hábito de elección que conduce a optar por el equilibrio entre dos extremos viciosos, y lo llama justo medio. Ni desinterés total por la vida del otro ni confinamiento obligatorio ad eternum. ¿Será eso la llamada transición de la cuarentena administrada?
Esta pandemia, como todo acontecimiento, nos permite un análisis de fortalezas, oportunidades, debilidades y amenazas. Y tenemos para todos los gustos. Hay miradas pesimistas, optimistas, resignadas, derrotadas y esperanzadas. Yo juego en el equipo de los esperanzados. No dejo de ver las posibles consecuencias negativas, los peligros, pero arriesgo a apostar por una salida superadora.¿Cómo salir de la noche doliente?... En su noche toda mañana estriba: de todo laberinto se sale por arriba”, escribía el compañero Marechal (y todos adivinamos allí, también, una crítica literario-ideológica al Borges detractor de los incorregibles).
Lo peor que puede pasarnos como comunidad es, una vez superada la crisis por el COVID-19, haber sido disciplinados en el distanciamiento social y que haya salido fortalecido el sistema que promueve el individualismo, la competencia, y con una desigualdad que ensanche cada vez más la brecha. Que la inmovilización que hoy nos mantiene encerrados en casa se traslade a una inmovilización que nos deje encerrados en nosotros mismos amenaza la existencia del ya maltrecho tejido social. Es un peligro real que el discurso que nos quiere hacer creer que somos héroes por no hacer nada nos lleve a resignarnos a la impotencia y aceptar dóciles el sufrimiento. “El hombre es lobo del hombre” decía Hobbes, y hoy parece reeditarse en aquellos que escrachan a sus vecinos por salir a la calle o quienes quieren expulsar de sus edificios a los profesionales de la salud (luego de, paradójicamente, aplaudirlos cinco minutos en el balcón).
Los Nuevas Tecnologías de la Información y la Comunicación vuelven a explicitar toda su ambigüedad. Hasta hace poco eran acusadas de alejarnos y hoy son la única posibilidad de acercamiento. ¿Qué pasará después? Nos hablan de ciberpatrullaje, geolocalización, control online, y ya no sabemos cómo calificarlo desde lo político y lo moral. Ya estamos acostumbrándonos a que nos lean y escuchen a través de nuestros dispositivos electrónicos, lamentablemente.
Se vuelven a poner en valor usanzas del tiempo de antes. Familias desempolvando juegos de mesa y hasta rompecabezas. Se extraña el almacén de barrio que sí era un comercio de cercanía. Se rompe con el cotidiano concepto del tiempo y del espacio. Ya no hay apuro ni que optimizar las horas. Algunos trabajos demandan más desde casa que yendo al lugar de siempre. No hay que correr para utilizar el baño, ni levantarse tan temprano. También es cierto que quizás nos estemos acostando demasiado tarde. ¿Temprano? ¿Tarde? ¿Para qué? ¿Según quién? ¿Criterios de salud o productivos? Lugares de nuestros hogares que estaban deshabitados son rehabilitados. Se ordena de otra manera. Se cambia para mejor o, simplemente, para hacer algo. Nos permitimos aburrirnos. Nos regalamos momentos de ocio. Algunos, los que podemos. Otros no.
Y muchísimas personas empiezan a experimentar lo que tantas otras viven a diario y desde hace bastante. No hay trabajo. La plata no alcanza. Limitaciones en el acceso a bienes y servicios. Y los invisibles se hacen visibles. Y muchos empiezan a ver que hay millones que viven en condiciones indignas, en situaciones de hacinamiento, fuera del sistema formal, sin acceso de calidad a la salud, con desventajas culturales y educativas, peleando el mango día a día. Y algunos se solidarizan mientras otros se indignan porque el Estado les ayuda. Las crisis ponen sobre la mesa lo que a veces se patea debajo de la alfombra.
Si algo hemos podido aprender en todo este tiempo, es que nadie se salva solo. Las fronteras caen, los muros se derrumban y todo los discursos integristas se disuelven ante una presencia casi imperceptible que manifiesta la fragilidad de la que estamos hechos. La Pascua nos convoca e invita a hacer memoria”, dice Francisco en su escrito “Un plan para Resucitar”. Es la fraternidad universal que recibe la vida como la vida viene. Y es tan interesante y valioso lo que plantea que dejo, casi como para ir cerrando con una luz de esperanza, otro fragmento:

En este tiempo nos hemos dado cuenta de la importancia de unir a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral. Cada acción individual no es una acción aislada, para bien o para mal, tiene consecuencias para los demás, porque todo está conectado en nuestra Casa común; y si las autoridades sanitarias ordenan el confinamiento en los hogares, es el pueblo quien lo hace posible, consciente de su corresponsabilidad para frenar la pandemia... Lección que romperá todo el fatalismo en el que nos habíamos inmerso y permitirá volver a sentirnos artífices y protagonistas de una historia común y, así, responder mancomunadamente a tantos males que aquejan a millones de hermanos alrededor del mundo. No podemos permitirnos escribir la historia presente y futura de espaldas al sufrimiento de tantos. Es el Señor quien nos volverá a preguntar “¿dónde está tu hermano?” (Gn, 4, 9) y, en nuestra capacidad de respuesta, ojalá se revele el alma de nuestros pueblos, ese reservorio de esperanza, fe y caridad en la que fuimos engendrados y que, por tanto tiempo, hemos anestesiado o silenciado.
Si actuamos como un solo pueblo, incluso ante las otras epidemias que nos acechan, podemos lograr un impacto real. ¿Seremos capaces de actuar responsablemente frente al hambre que padecen tantos, sabiendo que hay alimentos para todos? ¿Seguiremos mirando para otro lado con un silencio cómplice ante esas guerras alimentadas por deseos de dominio y de poder? ¿Estaremos dispuestos a cambiar los estilos de vida que sumergen a tantos en la pobreza, promoviendo y animándonos a llevar una vida más austera y humana que posibilite un reparto equitativo de los recursos? ¿Adoptaremos como comunidad internacional las medidas necesarias para frenar la devastación del medio ambiente o seguiremos negando la evidencia? La globalización de la indiferencia seguirá amenazando y tentando nuestro caminar… Ojalá nos encuentre con los anticuerpos necesarios de la justicia, la caridad y la solidaridad. No tengamos miedo a vivir la alternativa de la civilización del amor, que es “una civilización de la esperanza: contra la angustia y el miedo, la tristeza y el desaliento, la pasividad y el cansancio. La civilización del amor se construye cotidianamente, ininterrumpidamente. Supone el esfuerzo comprometido de todos. Supone, por eso, una comprometida comunidad de hermanos”.”.

Se trata de vivir día a día las cuatro “c” que el mismo Francisco propuso en su carta a los Movimientos Sociales: curar, cuidar y compartir en comunidad. Para que cuando vuelvan los encuentros, los abrazos, el mirarse a los ojos, el apretón de manos, los besos, los asados y los mates sea posible realmente la vida en comunidad que es la vida que vale la pena ser vivida.

viernes, 13 de diciembre de 2019

¿Es posible una tercera posición sobre el aborto?

Ni verde ni celeste, hay que unirnos aunque cueste.
Ni celeste ni verde, que alguien lo recuerde.

Durante el acalorado e intenso debate sobre la interrupción voluntaria del embarazo, siendo que éramos muchos los que no hallábamos una voz pública que termine de representarnos al respecto, decidí escribir un punteo retomando esas ideas que podían aglutinarnos. Allí escribía:

1) Todo Ser Humano tiene Derecho a la Vida, antes y después de nacer.

2) Tenemos que trabajar en Políticas Públicas para que descienda la cantidad de embarazos inesperados, la cantidad de abortos y la tasa de mortalidad materna.

3) Necesitamos generar acceso en Igualdad de oportunidades, de posiciones, a una Educación y Salud de calidad para todas y todos. Es importante que se cumpla con la Ley Nacional de Educación Sexual Integral.

4) Es mejor prevenir que curar. Siempre. Es clave la atención primaria y la perspectiva comunitaria.

5) El aborto, en el caso de la mujer, no se resuelve desde el Código Penal. Pero también es cierto que atentar contra la vida de las personas es un delito, y la ley tiene una función simbólica y pedagógica. Debemos pensar una propuesta superadora desde la justicia restaurativa.

6) Si una mujer está en conflicto con su embarazo, hay que acompañarla, escucharla, sostenerla y ofrecerle soluciones concretas y reales que la ayuden a cuidar su vida y la de su hija o hijo.

7) Si una mujer toma la dramática decisión de abortar y lo hace, la cárcel no debiera ser la respuesta. En vez de juzgarla, hay que acompañarla, escucharla, sostenerla y ofrecerle soluciones concretas y reales que la ayuden a cuidar su vida y seguir adelante.

8) Si una mujer llega a un centro de salud con un aborto inducido, hay que atenderla de inmediato, cuidar su vida, acompañarla, escucharla, sostenerla y no abandonarla.

9) Frente a la injerencia de intereses foráneos, de fundaciones extrajeras que lucran con la vida, de instituciones capitalistas que nunca piensan en los pobres, y en este contexto de creciente endeudamiento que dejó el gobierno de Macri, es esencial trabajar por la Independencia Económica y la Soberanía Política.

10) En el actual contexto de aumento de la pobreza, el hambre y la desocupación, que nos dejó el gobierno de Macri, es fundamental trabajar por la Justicia Social. Y por eso celebramos el “Plan contra el Hambre”.

Intento, empáticamente, ponerme en lugar de quienes están a favor y de quienes están en contra de la legalización del aborto. En muchos, no en todos, encuentro buenas intenciones, fidelidad a sus convicciones y ganas de transformar la realidad para mejor.
Es muy difícil que haya acuerdo entre ambas partes, y por eso me atrevo a soñar una tercera posición. Necesitamos habilitar creativamente esta posibilidad para que sigamos cuidando la vida de todas y de todos, siempre. Nos invito a seguir trabajando juntos en pos de este objetivo. Sí, podemos.

miércoles, 24 de abril de 2019

Régimen Penal Juvenil

Exposición de Mons. Gustavo Carrara, Obispo de los Pobres, en la Cámara de Diputados de la Nación el día 23/04/2019...

Un régimen penal juvenil verdaderamente humano y abierto a la esperanza

1. Buenas tardes, les agradezco la posibilidad de estar aquí, y el trabajo que se toman para escuchar con atención cada una de las intervenciones. Cuando hablamos y nos posicionamos acerca de un tema importante, en este caso sobre la posibilidad de un régimen penal juvenil, lo hacemos fuertemente influenciados por nuestras convicciones y por nuestras experiencias concretas de vida. No hay miradas neutras de la realidad, por eso quisiera intentar aportar una mirada humanista y cristiana, y a su vez apoyarme en la experiencia de vivir y trabajar pastoralmente hace 12 años en las villas de Buenos Aires. 
2. Cuando visitamos a un adolescente en un instituto de menores, como adultos debemos reconocer, que en un punto, hemos llegado tarde. Que esto no debería haber ocurrido. Y haciendo memoria de nuestra niñez y adolescencia, nos preguntamos, ¿por qué ellos y yo no? En estos lugares nos encontramos mayoritariamente con adolescentes que desde el inicio de su vida han padecido la pobreza multidimensional. Qué duro es cuando el primer encuentro mano a mano del Estado con estos menores se da a través de la justicia penal. Por eso el tratamiento de esta ley no tiene que hacer olvidar el problema de fondo. ¿El problema son los menores pobres en conflicto con la ley o el problema profundo y de raíz es la decisión y voluntad de sostener a lo largo del tiempo una política de Estado de inclusión e integración social? 
3. Ahora bien, es verdad, Argentina no tiene un régimen de responsabilidad penal juvenil como lo dispone la Convención de los Derechos del Niño. Sería deseable que se abandonara el sistema tutelar y se implementara un régimen penal juvenil, con todas las garantías del proceso penal, pero sin bajar la edad mínima de responsabilidad penal juvenil, es decir, manteniéndola en 16 años, lo que sería más acorde a los estándares internacionales de derechos humanos y, en particular, con dicha Convención. En este marco aparecen caminos concretos que deben incluirse en dicho régimen penal juvenil: la justicia restaurativa, la mediación, la remisión de casos, las medidas no privativas de libertad. Es evidente que la implementación de este sistema depende de la habilitación de la infraestructura y los recursos humanos y materiales necesarios para el desarrollo de un sistema orientado a la resocialización y a la educación. Hay que trabajar por un régimen penal juvenil verdaderamente humano y abierto a la esperanza. 
4. Los menores que son llevados al delito por organizaciones criminales son sus víctimas. El Estado debe alejarlos de esa opción en lugar de reafirmarlos en el rol de delincuente. Cuando vemos adolescentes que tienen armas en sus manos, lo primero que deberíamos preguntarnos es ¿por qué no les hemos acercado antes una propuesta positiva? ¿Por qué los hemos dejado en orfandad, expuestos a situaciones que los dañan a ellos en primer lugar? La pregunta no es tanto ¿qué le pasa a los adolescentes?, sino ¿qué nos pasa a los adultos? Por otro lado ciertamente los adolescentes no son responsables del tráfico de armas que se da en nuestra sociedad, muchas veces ligado al narcotráfico. Este contexto es particularmente dramático en villas y barrios precarios, cuya población está compuesta por casi la mitad de niños, niñas y adolescentes. 
5. En estos lugares hay que tener particularmente presente el concepto amplio de inseguridad, eso que atenta contra la vida digna de los vecinos y vecinas. Por eso el camino comienza insertando a todos los chicos en las escuelas, y a sus familias en trabajos dignos, generando espacios públicos de esparcimiento y recreación, habilitando instancias de participación ciudadana, servicios sanitarios, acceso a los servicios básicos —agua, electricidad, cloacas—, por nombrar sólo algunas medidas. Ahí empieza todo proceso de integración socio-urbana. 
6. Es necesario tener cuidado del populismo penal. No se trata aquí de la confianza en alguna función social tradicionalmente atribuida a la pena pública, sino más bien en la creencia de que mediante tal pena se pueden obtener los beneficios que requerirían la implementación de otro tipo de política social, económica y de inclusión social. Por otro lado hay que evitar esa tendencia que algunas veces existe de construir deliberadamente enemigos: figuras estereotipadas, que concentran en sí mismas todas las características que la sociedad percibe o interpreta como peligrosas. Los mecanismos de formación de estas imágenes son los mismos que, en su momento, permitieron la expansión de las ideas racistas.1 Y todo esto se vuelve más delicado aún si estamos hablando de menores. 
7. La respuesta a los inimputables es el cumplimiento de la Ley de Protección Integral de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes (Ley Nº 26.061). “Los Estados deben abstenerse de castigar penalmente a los niños que aún no han completado su desarrollo hacia la madurez, y por tal motivo no pueden ser imputables. Ellos, en cambio, deben ser los destinatarios de todos los privilegios que el Estado puede ofrecer, tanto en lo que se refiere a políticas de inclusión como a prácticas orientadas a hacer crecer en ellos el respeto por la vida y por los derechos de los demás.” 2 La deuda social es la gran deuda de los argentinos, no se trata solamente de un problema económico o estadístico. Es principalmente un problema ético que nos afecta en nuestra dignidad más esencial. Detrás de las estadísticas —nunca hay que olvidarlo— hay rostros e historias. La deuda social genera graves daños sobre la vida concreta de personas, las hiere profundamente en su dignidad. Y casi la mitad de los niños, niñas y adolescentes de nuestra patria son pobres. 
8. Por último me permito recordar que este honorable congreso votó por unanimidad la ley de integración socio-urbana. Esta Ley tuvo un trabajo de relevamiento previo de 4.228 barrios populares. Lo traigo a la memoria porque la mitad de los habitantes de estos barrios son niños, niñas y adolescentes. Hay que seguir llevando adelante este proceso de integración socio-urbana de las villas y barrios precarios de nuestro país. Es probable que esto no resuelva totalmente el drama de la pobreza en nuestra Patria, pero ciertamente será mirarlo de frente y poner manos a la obra de modo bien concreto. 

+Gustavo Oscar Carrara Obispo Auxiliar de Buenos Aires Vicario para la Pastoral de Villas de CABA Asesor de la Comisión Arquidiocesana de Niñez y Adolescencia en Riesgo del Arzobispado de Buenos Aires 

1 Cfr. Papa Francisco. Discurso a una delegación de la Asociación Internacional de Derecho Penal. 23/10/2014 
2 Papa Francisco. Ibídem.

Y les dejo un artículo que escribí hace más de 10 años, vinculado a la temática: