Treinta años llegando tarde
(o cómo terminar adentro de una historia de Casciari sin haber pedido permiso)
💬 ¿Querés sumarte a la charla o dejar tu comentario?
Estaré leyendo y respondiendo cada mensaje en esta publicación de Instagram:
👉
Filósofo, educador y escritor. Con más de 20 años en gestión, hoy integro mi perfil híbrido en la "Inteligencia Artesanal": leer, pensar y escribir la vida con sentido. Una mirada holística para asesorar, orientar, crear y construir en comunidad.
💬 ¿Querés sumarte a la charla o dejar tu comentario?
Estaré leyendo y respondiendo cada mensaje en esta publicación de Instagram:
👉
* Mención
de honor en el concurso "Palabras que nacen del silencio" de la Escuela
Teresiana de Promoción Espiritual (ESTEPRE).
La Liturgia del Mate
(o cómo el Amanecer nos Encuentra Caminando)
Algunos creen que el encuentro con Dios siempre requiere de grandes milagros o luces cegadoras. Pero, a veces, el encuentro comienza con un silencio atroz. La vida, en su misterio, nos enfrenta a lo irremediable, a esas pérdidas que nos dejan a la intemperie. Es la Noche Oscura de la que hablaba San Juan de la Cruz; no como una teoría lejana, sino como un plato menos en la mesa de un domingo o el lado vacío de la cama al acostarme.
Viví mi propia Pasión. El momento en que la fe se desnuda y ya no queda consuelo sensible. En medio de ese dolor, cuando la soledad mordía, descubrí una verdad teologal que me sostuvo: extrañar no es estar vacío; extrañar es estar lleno de alguien que se hace presente a pesar de la ausencia. Comprendí que aquella mujer que amé, la madre de mis hijos, dejó de vivir con nosotros para vivir en nosotros.
“Cuando ya no se ve nada, hay que ser fiel a lo que se vio en otros momentos”, decía Fray Mamerto Menapace. “De noche, se camina de memoria”, me dijo un curita amigo. El que ha vivido en la luz del día puede reconocer la noche y animarse a caminar hacia la madrugada. No cualquiera tiene fe en la primavera estando en invierno. En los momentos de crisis, de dolor, de sufrimiento, donde todo se hace difícil, se comienzan a ver los frutos de lo sembrado tiempo antes.
Sin embargo, no se pasa de la Noche al Día en un instante. Existe un tiempo intermedio, un largo y silencioso Adviento. Es el tiempo de la espera activa, donde el peregrino sigue caminando aunque no vea la estrella. En esa espera, la espiritualidad del Carmelo me enseñó a no pelear con la realidad. Aprendí que la clave espiritual no es preguntar "¿por qué?" mirando hacia atrás, sino "¿para qué?" mirando hacia adelante. Tiene que ver con la Fe. Tiene que ver con el Sentido.
Y aquí es donde Santa Teresa de Jesús viene al rescate con su sabiduría práctica: "Dios anda entre los pucheros". Si la fe es real, debe sostenernos un martes por la mañana o un jueves por la tarde, mientras la rutina nos amenaza.
Mi oración se volvió sencilla, doméstica, vital. La mística se redujo a un gesto simple, casi litúrgico: poner el agua para el mate.
El mate se convirtió en mi castillo interior. La bombilla, como un canal de gracia; el agua caliente, como el fervor del Espíritu que necesitamos para no entibiarnos; la yerba, la tierra fértil que espera ser fecundada. Alguna vez imaginé un cuento sobre una yerbera mágica. Narra la historia de un objeto sencillo que tenía el (supuesto) poder de reconciliar a las personas cuando, en realidad, era el tiempo compartido lo que ayudaba a sanar la relación. Durante mi duelo, el mate fue esa yerbera: el lugar donde asumía que lo irremediable no hace que se extrañe menos, pero vivir ese tiempo desde la fe en Dios trae paz y serenidad.
En ese rito cotidiano, "poner el agua para el mate" dejó de ser solo un hábito para convertirse en un acto de esperanza. No ponía el agua solo para recordar; la ponía para caminar hacia el reencuentro definitivo en la Resurrección. Es más, tenía la certeza de que Ella se adelantó para poner el agua para el mate y allí está, esperando. Entonces, cada cebada era un paso. Cada sorbo, una oración de amistad con Dios (y con Ella) en el silencio de la contemplación.
Al tiempo, cuando el corazón parecía haberse acomodado en la quietud, irrumpió Pentecostés. Dicen que el Espíritu sopla donde quiere. Y así, el mismo día de la Fiesta, el Espíritu Santo sopló de nuevo en mi vida. No para borrar el pasado —porque el amor verdadero es eterno—, sino para ensanchar y ampliar la capacidad de amar.
Apareció Ella. O mejor dicho, reapareció. Porque aunque habíamos compartido ámbitos y cruzado caminos hace más de veinticinco años, Dios nos tenía reservado este kairós, este tiempo oportuno para el reencuentro. Un amor inesperado que vino a llenar el vacío existencial, no como un reemplazo, sino como una nueva oportunidad sagrada.
No fue un deslumbramiento fugaz; fue la certeza del vino nuevo. Descubrí que es posible sanar juntos, que dos historias con sus propias heridas pueden encontrarse para construir algo nuevo y santo. Esta relación es una experiencia de amor que transforma; es sentir la calidez de estar en casa, donde Dios está en el centro y nos invita a celebrar la vida.
Hoy, mi vida integra estos dos amores en un solo movimiento de gratitud. El dolor por la partida de quien fue mi compañera se entrelaza con la alegría de quien hoy camina a mi lado hacia un nuevo horizonte matrimonial. No se contradicen; se completan en el misterio del corazón humano que, cuando se deja tocar por Dios, siempre se expande.
El mate ya no se toma en soledad; se comparte. Y en ese compartir, en esa oración de amistad hecha diálogo y compañía, vuelvo a confirmar que el Amor es más fuerte que la muerte.
Como peregrinos de la esperanza, seguimos caminando. No nos inquietamos por el mañana, porque sabemos que a cada día le basta su preocupación y que la paciencia todo lo alcanza. La vida sigue, y la celebramos porque amamos la vida. Y en cada mate compartido, en cada recuerdo honrado y en cada nuevo proyecto de a dos, confirmamos la promesa:
Quien a Dios tiene, nada le falta.
Solo Dios basta.
Nombre: Javier Esteban Giangreco País: Argentina Biografía: Un peregrino de la esperanza, que descubrió que el amor es más fuerte que la muerte y que Dios siempre nos da una nueva oportunidad para ser felices y valiosos.
Del 21 al 23 de noviembre, estuve
de nuevo en el Monasterio Benedictino Santa María de Los Toldos. Fui por
primera vez a mis 19 años y hoy, más de 25 años después, cuento con varios
retiros por esos lados en mi haber. Pero esta vez, fue distinto.
“…y entonces comprende, cómo
están de ausentes las cosas queridas”
Fue mi primera visita desde que
falleció Mamerto. Y eso lo cambia todo. El lugar, hermoso como siempre. Uno se
encuentra con Dios también en ese paisaje, en la naturaleza que brilla en todo
su esplendor. Las oraciones comunitarias con los monjes, siempre presentes
acompañando los diferentes momentos del día. El silencio. Los ejercicios
espirituales que, una vez más, me preparó mi cura amigo. El pan, el queso, el vino.
Todo lo mismo, lo de siempre… pero ya no está Mamerto.
Fui dos veces al cementerio en esos tres días. Las últimas dos veces que estuve en Los Toldos, Mamerto en persona señalaba el lugar donde descansarían sus restos agregando, con el humor de siempre, que allí “iba a estacionar”. Y, de hecho, ahí está la lápida. Sé que él no está en ese lugar, pero me ayudó sentarme al lado, rezar, hablarle. También, debo reconocer, fue muy lindo hacerlo acompañado. Es más, creo (de creer, con fe) que Mamerto tiene mucho que ver en esa compañía (pero sobre eso compartiré en otro momento).
Todo lo que quise escribir sobre
él ya está en el posteo del 9 de junio (tres días después de su muerte). Por eso,
me reservo los últimos párrafos, los próximos, para hablar sobre qué me dejaron
estos tres días de encuentro con Dios:
Lo primero, ser agradecido. Fue
un año de muchas bendiciones. Como toda mi vida, creo. A veces, me preguntan
por mi fe en momentos de dolor y oscuridad, que los tuve, pero siempre me sentí
mucho más cerca de la luz y por eso doy a gracias a Dios. Por la vida que viví
hasta hoy. Por las personas con las que compartí. Por mis hijos, y toda mi
familia. Por los cambios laborales, profesionales de este 2025. Por los logros,
en especial con la escritura, que se dieron en este año. Y por el amor, por mi
compañera con la que andamos soñando juntos.
También hubo pedidos y súplicas, desde luego. Me alegra saberme escuchado por Dios, aunque no siempre responda como yo lo espero. Es que la experiencia de abandonarse en Él, algo que vivencio cada vez más, trae serenidad, paz y alegría a mi vida. Amén.
Hay que saber irse a tiempo. No
es fácil, lo sé. La sabiduría y la prudencia son dos virtudes, y los hábitos
buenos hay que ejercitarlos. No siempre hay un adónde ir, pero saber dónde no
hay que quedarse ya es un paso valioso.
En septiembre me ofrecieron el
retiro voluntario de la Honorable (¿?) Cámara de Diputados de la Nación. Luego
de casi 20 años ahí, me ofrecían la posibilidad de irme con una indemnización.
La plata era un señuelo, más en estos tiempos donde ya no recuerdo lo que era
llegar a fin de mes sin endeudarme. Pero no iba a dejar que mi decisión fuese
solamente económica, y me puse a pensarlo, charlarlo con gente cercana que me
quiere, y rezarlo mucho.
Cuando ingresé a Diputados en
abril de 2006, lo hice convencido de que la política es una herramienta de
transformación de la realidad, una de las formas más altas de la caridad, una
de las maneras de mejorar la vida de las personas, las comunidades,
especialmente las más vulnerables, perjudicadas y desfavorecidas. Veinte años
después sigo creyendo lo mismo, a pesar del ejercicio concreto de quienes toman
las decisiones y las ejecutan.
Ingresé con mucha ingenuidad,
altas expectativas y esperanza. Las dos primeras las fui perdiendo en el camino
y la última, si bien ya no está intacta, sigue presente… porque es lo último
que se pierde. Asesoré, aprendí, mejoré, me formé, milité, fui candidato,
incidí en varios proyectos que terminaron siendo textos legales de nuestro
marco normativo, y hasta puedo decir que fui actor fundamental en una ley
vigente en nuestro país. También me pasó factura la política partidaria, con
sus luces y sombras.
Lo cierto es que en septiembre nos
ofrecieron, solo por ese mes, la posibilidad de irnos de manera voluntaria con
algo de plata a cambio. Consulté las condiciones el primer día, pero terminé
decidiéndome recién el último. Sin certezas. Con mucho riesgo. Sin red laboral
donde caer, pero con la fe como bandera. Las ofertas laborales, y las
entrevistas que tuve, terminaron corroborando mi intuición inicial.
Hay que saber irse a tiempo. No
es fácil, pero lo hice. Voy a extrañar personas, y me llevo recuerdos de épocas
mejores. Pero siempre rezo por poder discernir de la mejor manera la voluntad
de Dios en mi vida, y hoy tengo paz y alegría con el camino elegido. “Vivimos a
una decisión de cambiar el rumbo de los acontecimientos”, escribí en el primer
capítulo de “Vale la pena”. Bueno, eso hice y se materializa hoy, en este
último día de trabajo en la HCDN. Una decisión que tiene que ver con lo
vocacional, con el sentido, con los proyectos, con los sueños. Una
decisión muy importante, una más en este hermoso 2025 que vino a cambiarme la
vida… para mejor. Para seguir siendo feliz y valioso. Que así sea.
Hoy, viernes 27 junio de 2025,
coinciden en el calendario litúrgico católico la fiesta de las dos devociones
más importantes en mi vida, algo que no sucede seguido. Si bien esta advocación
de la Virgen siempre se celebra el mismo día y mes de cada año, la fiesta del
Sagrado va cambiando ya que es el primer viernes luego de la solemnidad de
Corpus Christi.
Me bautizaron en la Parroquia Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, hace ya 45 años. Antes, mis viejos se habían casado ahí mismo. Mi madre, y mi abuela paterna también, cursaron en la escuela que queda en esa misma manzana: Nuestra Señora del Buen y Perpetuo Socorro (y años después, también yo trabajé ahí).
Comencé la primaria en una
escuela de los Hermanos Corazonistas (que justo hoy cumple años), y me quedé a vivir ahí. Allí había cursado mi viejo, y luego fueron mi hermano, mis cuñados, mi sobrina y mis hijos. A mis primeros
amigos de verdad los conocí en ese lugar. Recibí la primera comunión, me
confirmé y participé de los grupos juveniles. También en ese lugar conocí a mi
esposa, la madre de mis hijos.
Luego, volví a irme a la Parroquia del Perpetuo Socorro. Primero, organizando las misas. Después, participando en los grupos juveniles. Allí hice nuevos amigos, algunos de los cuales siguen siéndolo. También me casé en esa parroquia, y en su cinerario descansan los restos de mi esposa y mi viejo.
Toda mi vida es vida de fe y vida
en familia. Y toda mi fe, y toda mi familia, está marcada a fuego por estas dos
devociones. Por eso, y por mucho más, no quería dejar de compartirlo.
Sagrado Corazón de Jesús. En Vos
Confío.
Nuestra Señora del Perpetuo
Socorro. Ruega por nosotros.
Amén.
Es profesor de Filosofía y Psicología, además de licenciado en
Educación, con más de veinticinco años de experiencia en escuelas secundarias.
Estudió Letras, Ciencias Sagradas, y cursó una maestría en Filosofía,
además de participar en varios Talleres Literarios.
De todo
eso, sus lecturas, su vida, y mucho más, da cuenta su escritura".