Filósofo, educador y escritor. Con más de 20 años en gestión, hoy integro mi perfil híbrido en la "Inteligencia Artesanal": leer, pensar y escribir la vida con sentido. Una mirada holística para asesorar, orientar, crear y construir en comunidad.
«Voy como candidata titular a la Junta Departamental», me soltó Lu la semana pasada. Se le notaba en la mirada esa emoción genuina de quien no concibe pasar por este mundo como simple espectadora. Siempre va por más. La escuché y me atropelló el paso del tiempo: la niña que miraba todo con asombro, la alumna inquisidora, y ahora la colega. Porque es docente desde sus 19, dando clases con apenas segundo año del profesorado y ganándome de mano también en eso: yo empecé como preceptor a los 20 y recién fui profe a los 24.
La foto que encabeza este posteo guarda ese fuego. Es de la Marcha Federal Universitaria del 2024: encontrarnos en medio de la calle, abrazarnos en esa multitud, y saber que estábamos militando juntos por la educación, por un país mejor para todas y todos. Hace poco la reprimieron en una protesta en la puerta del Joaquín, su profesorado. Pero ahí sigue, poniendo el cuerpo con una dignidad que me conmueve.
Verla abrazar la docencia es un regalo diario. Compartir mates hablando de planificar clases, que me cuente cómo resolvió tal o cual situación en el aula, y revivir aquellos días en que nos tocó cruzarnos como docentes en los mismos pasillos de una misma escuela. Compartimos vocación y pasión, pero Lu le pone una dedicación y un vuelo que a mí me desarman.
Hay un rumbo que nos sostiene desde siempre: ser felices y valiosos, haciendo que la vida sea mejor para otros. Para el Día del Padre me regaló una carta donde escribió: «PD: Estoy usando mucho los puntos suspensivos, ya soy vos». Quise decirle: «Lu, no sos yo. Sos más que yo. Porque logras mucho mejor lo que siempre te deseo: ser feliz y valiosa, a pesar de…».
Cuando se descubre parecida a mí, o hace algo que haría yo, se ríe y suele decir «soy hija de mi padre» (marcando el camino andado, con sus aciertos… y también mis errores). Cuando brilla con luz propia, me guiña el ojo y tira un «soy crack, pá». Y es que el sentido más hondo de acompañar, criar y educar es ese: que el discípulo supere al maestro y camine infinitamente más lejos.
Lu: no solo sos crack. Sos un orgullo, un ejemplo y una lección cotidiana. Y tu vieja te sonríe desde el Cielo. Gracias por tanto.
En el invierno del 94 yo tenía catorce años. Vimos la final del Mundial en la casa de mi abuelo, con mi viejo y mi hermano. Mi abuelo, Don Antonio, había nacido en Italia. A mí me decían "el Tano", por mi apellido y por la fábrica de pastas de la familia. Mi ídolo indiscutido era Roberto Baggio, a tal punto que tenía su póster con la camiseta azzurra en la pared de mi pieza.
Aquella tarde en que la pelota de Roby se fue a las nubes y Brasil festejó, me quedó grabada una imagen para toda la vida: Baggio clavado en el pasto, con la cabeza gacha, los brazos en jarra y el peso del mundo sobre la espalda. Roto, pero de pie.
Cuatro años después, en Francia 98, yo tenía dieciocho y miraba un partido en mi habitación. Era el debut de Italia en ese Mundial, el primero desde aquella final perdida. Lo veía con la que años después sería la mamá de mis hijos. Por aquel entonces éramos novios desde hacía apenas cuatro meses. Minuto ochenta y pico: penal para Italia. Reviví, de golpe, aquella tarde en lo de mi abuelo. Roby agarró la pelota, respiró hondo y la puso contra un palo. Gol. Grité como un loco y nos abrazamos. Il Divin Codino seguía de pie.
Nico todavía no había nacido. Llegó doce años después, en 2010. Y con él, la herencia inevitable: las jornadas enteras respirando baby o futsal en el club, los nervios en la tribuna y esa complicidad silenciosa de dos que entienden el mundo a través de una pelota.
A fines de 2022 escribí una crónica para un concurso de narrativa de Orsai que se llamó Mi primer Mundial sin Ella. La escribí cuatro años después de la muerte de la madre de mis hijos, buscando en la literatura una forma de ponerle palabras al dolor de quedarme solo con dos chicos y de entender cómo se sigue caminando. Ahí rescataba, entre otras cosas, esta historia: el que patea afuera en el 94 y lo vuelve a intentar en el 98.
El texto obtuvo el quinto puesto en el concurso y después quedó guardado y olvidado, como quedan esas cosas que uno escribe para salvarse un poco del abismo. Hasta que, una tarde de 2025, volvió a mí de una manera que jamás habría imaginado.
Nico llegó de la escuela, dejó la mochila y se me acercó con dos hojas de carpeta. Con esa timidez canchera que tienen los hijos cuando quieren mostrar algo que hicieron bien pero disimulan para no parecer sensibles, me dijo:
—Mirá lo que escribí, pa.
Agarré las hojas. Arriba, en tinta rosa de la profesora, una nota inmensa:
«10 (Diez) ¡Te felicito! Es verdad, emociona».
Bajé la vista y leí el título que eligió mi hijo, en letra cursiva prolija:
«El hombre que murió de pie».
Empecé a leer:
«Pasadena, 17 de julio de 1994. Un calor asfixiante, pero lo que pesa no es el sol, es el mundo sobre sus hombros... Roberto Baggio está sentado, mirando sus botines...».
Nico narraba la tensión del vestuario, la pierna lastimada, el silencio del estadio, el penal errado y la dignidad del que deja todo. «Escribe mejor que yo», pensaba mientras leía. En la segunda hoja, el pibe de catorce años metió un quiebre que me dejó helado:
«Y él tampoco olvidó. En el próximo partido que jugó con su país, hubo un penal... Agarró la pelota, la puso en el punto de penal, respiró hondo y pateó. Esta vez, la red se movió. No lo hizo para callar bocas, lo hizo porque así son los grandes: caen, pero siempre se levantan».
Me quedé mirándolo, con las hojas temblando en la mano y lágrimas en los ojos.
—Nico... ¿vos leíste la crónica que escribí en 2022?
—No, pa, ¿cuál?
—La del concurso. La de Baggio.
—No. Vi un video en TikTok que contaba la historia, me acordé de que a vos te gustaba y me dieron ganas de escribir sobre eso para el cole.
No me mintió. No la leyó. Pero hay cosas que no se leen con los ojos.
La muerte de Mary, su madre, nos obligó a Nico y a mí a aprender a los golpes qué significa aguantar el temporal. Yo usé la escritura para no caerme. Él, sin saberlo, la usó para decirme que me vio.
Nico no escribió sobre un futbolista italiano que falló un penal hace tres décadas. Escribió sobre el dolor de un hogar, sobre las pérdidas que te parten al medio y sobre la obstinación de «seguir adelante a pesar de».
El hombre que murió de pie no era Roberto Baggio.
Éramos nosotros.
Y en esas dos hojas de carpeta, mi hijo me estaba avisando que el peso del mundo no caía solo sobre mí.
(o cómo terminar adentro de una historia de Casciari sin haber pedido permiso)
por Javier E. Giangreco
El sábado 26 de septiembre de 2026 no será una fecha más para nosotros. Esa noche cerramos nuestra luna de miel en San Antonio de Areco, después de unos días de descanso en las sierras de Córdoba. Fue un final soñado. Un triunfo por nocaut, diría Cortázar si esto fuese un cuento. Y quizás lo es.
Marie sabía que íbamos a ver a Casciari en su espectáculo Sottovoce, en el Restaurante Histórico Lacarra. Para ella, Areco era apenas la última parada romántica para que la vuelta a casa no doliera tanto. De hecho, la idea de ir fue de ella. Nuestro hospedaje en Villa Giardino terminaba antes del fin de semana y veníamos mirando el mapa para no estamparnos de golpe contra la rutina. «¿Y si vamos a ver a Casciari?», me tiró por WhatsApp. Diez minutos después le mandé el comprobante con las dos entradas. Lo que ella no sospechaba —y yo tampoco— era todo lo que se iba a armar poco después.
Unos días antes del civil, mientras escribía un texto con nuestra historia para regalárselo, descubrí una coincidencia que nos venía esquivando hacía muchos años: Casciari. En un rapto de audacia nocturna me senté y le mandé un correo a Hernán. Apliqué al pie de la letra lo aprendido en sus propios talleres de historias: catalizador en el primer párrafo, frases cortas, el destinatario enfocado, un punto de giro clavado en el medio y un final memorable. Pensé un asunto que no fuera directo a la papelera, medí las palabras y abrí con un gancho sin anestesia: «Hay gente que pierde el tiempo en aplicaciones de citas, cuando en realidad lo único que necesitás para enamorarte es que a un gordo de Mercedes se le dé por escribir boludeces en internet». A través de varios párrafos le pasé la lista de nuestros desencuentros a lo largo del tiempo. No le pedía favores, ni saludos, ni nada. Solo le avisé que si el sábado veía en el lugar a dos personas con cara de pelotudos enamorados, supiera que, en el fondo, él era culpable de todo el asunto.
Sábado 26 de septiembre de 2026, a la noche. Llegamos temprano a Lacarra para el show de Casciari. El caserón colonial olía a leña, campo y asador criollo. Al entrar, Marie pispeó la hoja de reservas sobre el mostrador. Ya en la mesa, me tiró un codazo:
—Che, tu nombre tiene una rayita y un círculo al lado. Sos el único que tiene esa marca.
Me hice el desentendido para no delatarme. La mesa asignada estaba en el centro exacto, pegada a las tablas del escenario. Ahí intuí lo que significaba el garabato en la planilla: «Sienten acá adelante a los pelotudos enamorados».
El espectáculo se desarrolló con su liturgia habitual: anécdotas filosas, la risa que revienta en el fondo del salón, los silencios largos y esa cadencia de Casciari que parece desganada hasta que te pega una patada en el pecho. Yo observaba su mesa con atención: un teléfono viejo, la máquina de escribir, una valija chiquita, un par de libros y unas hojas impresas. Hernán leía, tomaba agua y jamás —les juro que jamás— cruzó una mirada conmigo. Pensé lo más sensato: un tipo que llena salas, vende miles de libros y recibe cientos de correos por día difícilmente se iba a detener en el mail de un chabón de Villa Luro al que le gusta escribir.
Hasta que terminó.
O mejor dicho: hasta que hizo el ademán de ordenar los papeles, bajó los hombros, apoyó los codos sobre la madera y carraspeó frente al micrófono. Dijo que lo que venía ahora no estaba en el libreto. Que era un texto inédito, que nadie en esa sala lo había escuchado y que no lo había leído nunca en voz alta.
Levantó las hojas. Y soltó el título:
—«Treinta años llegando tarde».
Casciari cuenta en vivo nuestra historia
En los primeros diez segundos mi cerebro quedó como pedaleando en el aire. Tardé en procesar que la voz de un tipo que escucho hace años en podcasts y videos de YouTube estaba pronunciando las coordenadas de nuestra vida.
«Él y ella crecieron en el mismo barrio. A mediados de los noventa iban al mismo club. También a la misma parroquia. Tenían amigos en común, caminaban las mismas calles. Ella incluso iba a comprar ravioles a la fábrica de pastas de la familia de él. Y nada. Ni una conversación...».
Al lado mío, Marie se quedó dura. Giró la cabeza despacio y me clavó la mirada. No era ternura. Era el desconcierto de ver cómo alguien te abre la valija de los recuerdos íntimos en medio de un restaurante lleno de desconocidos.
Hernán no estaba tirando un saludo de compromiso. Agarró mi mail, lo editó, lo imprimió y armó un relato implacable. «Hay parejas que a las dos de la mañana se mandan fotos en bolas. Estos dos se mandaban correcciones», soltó al pasar, y desató una carcajada en toda la sala.
Fue repasando la lista entera de nuestros desencuentros: los cinco días en Chile en 1998 sin vernos; el pulgar azul en Facebook en 2010 como único rastro digital durante quince años; la misma semana en Tandil a principios de 2025; el cruce de puertas en los talleres de Orsai; y las remeras de la tienda. La de ella: «Tengo la receta del éxito, pero no se entiende la letra». La mía: «Podría citar a Borges, pero no creo que venga». Estábamos uniformados para el desastre antes de habernos dado el primer beso.
Hacia el final, con todo el salón en silencio, Casciari levantó la vista del papel y disparó sin red:
«El lunes pasado, después de treinta años llegando tarde a todos lados, se casaron. Y eligieron terminar la luna de miel en San Antonio de Areco. Él me escribió hace unos días para contarme que este sábado, quizás, venían acá, a Sottovoce. No me pidió nada. No sé si están acá. Si están, no sé en qué mesa. Solo sé que acaban de casarse. Que están terminando su luna de miel. Y que después de treinta años de cruzarse sin encontrarse, se acaban de encontrar también en una historia mía. Así que, por favor, Javier y Marie, si están entre nosotros, permítannos encontrarlos. Nosotros a ustedes. Con este aplauso».
El lugar se vino abajo. Hubo aplausos de pie, abrazos y esa emoción pesada que se arma cuando una historia le pega a todos en el mismo lugar. Varios se acercaron a saludarnos. Casciari estiró la mano desde el escenario y le dio a Marie las hojas que acababa de leer. «Me hicieron llorar», nos dijo una mujer de la mesa de al lado. Hablaba de los tres.
Las hojas impresas dedicada de puño y letra por Hernán
Cuando la gente se fue yendo, nos quedamos a charlar con él. Hernán le firmó uno de sus libros a nuestros hijos (Jaz, Feli, Nico y Lu), y nos dedicó las hojas: «Para Javi y Marie, con afecto!». Nos devolvió la historia en mano, pero convertida en un regalo de casamiento que no se compra en ningún lado.
Treinta años esquivándonos por las mismas veredas de Villa Luro para terminar adentro de un cuento leído en voz alta.
Al final no habíamos llegado tarde: nos estábamos esperando.
Fotos de un 26 de septiembre (2025 y 2026), como cuenta Casciari
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Estaré leyendo y respondiendo cada mensaje en esta publicación de Instagram:
Para los curiosos del oficio, de las señales y las coincidencias, dejé disponible la trastienda completa de aquella noche: el intercambio de correos electrónicos, los facsímiles de las hojas leídas y firmadas por Hernán, y todas las fotos en alta resolución:
Hacia la mitad del video, Hernán cuenta que el primer mensaje que Marie me mandó después de treinta años de silencio fue una declaración de intenciones: «Voy a comprar tu novela».
Esa novela existe. Se llama Vale la pena (diario de alguien que ama) y es el libro que —sin querer— abrió la puerta para que todo esto terminara pasando.
Si te quedaste con ganas de seguir leyendo historias nacidas de esta pluma, la podés conseguir con envío a todo el país en la Tienda Orsai:
* Mención
de honor en el concurso "Palabras que nacen del silencio" de la Escuela
Teresiana de Promoción Espiritual (ESTEPRE).
La Liturgia del Mate
(o cómo el Amanecer nos Encuentra
Caminando)
Algunos creen que el encuentro con
Dios siempre requiere de grandes milagros o luces cegadoras. Pero, a veces, el
encuentro comienza con un silencio atroz. La vida, en su misterio, nos enfrenta
a lo irremediable, a esas pérdidas que nos dejan a la intemperie. Es la Noche Oscura de la que hablaba San Juan de la Cruz; no como una teoría
lejana, sino como un plato menos en la mesa de un domingo o el lado vacío de la
cama al acostarme.
Viví mi propia Pasión. El
momento en que la fe se desnuda y ya no queda consuelo sensible. En medio de ese dolor, cuando la soledad mordía, descubrí
una verdad teologal que me sostuvo: extrañar
no es estar vacío; extrañar es estar lleno de alguien que se hace presente a
pesar de la ausencia. Comprendí que
aquella mujer que amé, la madre de mis hijos, dejó de vivir con nosotros para vivir en
nosotros.
“Cuando
ya no se ve nada, hay que ser fiel a lo que se vio en otros momentos”,
decía Fray Mamerto Menapace. “De noche,
se camina de memoria”, me dijo un curita amigo. El que ha vivido en la luz
del día puede reconocer la noche y animarse a caminar hacia la madrugada. No
cualquiera tiene fe en la primavera estando en invierno. En los momentos de
crisis, de dolor, de sufrimiento, donde todo se hace difícil, se comienzan a
ver los frutos de lo sembrado tiempo antes.
Sin embargo, no se pasa de la Noche al
Día en un instante. Existe un tiempo intermedio, un largo y silencioso Adviento.
Es el tiempo de la espera activa, donde el peregrino sigue caminando aunque no
vea la estrella. En esa espera, la espiritualidad del Carmelo me enseñó a no
pelear con la realidad. Aprendí que la clave espiritual no es preguntar
"¿por qué?" mirando hacia atrás, sino "¿para qué?" mirando
hacia adelante. Tiene que ver con la Fe. Tiene que ver
con el Sentido.
Y aquí es donde Santa Teresa de
Jesús viene al rescate con su sabiduría práctica: "Dios anda entre
los pucheros". Si la fe es real, debe sostenernos un martes por la
mañana o un jueves por la tarde, mientras la rutina nos amenaza.
Mi oración se volvió sencilla,
doméstica, vital. La mística se redujo a un gesto simple, casi litúrgico:
poner el agua para el mate.
El mate se convirtió en mi castillo
interior. La bombilla, como un canal de gracia; el agua caliente, como el
fervor del Espíritu que necesitamos para no entibiarnos; la yerba, la tierra
fértil que espera ser fecundada. Alguna vez imaginé un
cuento sobre una yerbera mágica. Narra la historia de un objeto
sencillo que tenía el (supuesto) poder de reconciliar a las personas cuando, en
realidad, era el tiempo compartido lo que ayudaba a sanar la relación. Durante
mi duelo, el mate fue esa yerbera: el lugar donde asumía que lo irremediable no
hace que se extrañe menos, pero vivir ese tiempo desde la fe en Dios trae paz
y serenidad.
En ese rito cotidiano, "poner el
agua para el mate" dejó de ser solo un hábito para convertirse en un acto
de esperanza. No ponía el agua solo para
recordar; la ponía para caminar hacia el reencuentro definitivo en la Resurrección.
Es más, tenía la certeza de que Ella se adelantó para poner el agua para el
mate y allí está, esperando. Entonces, cada cebada era un paso. Cada sorbo, una
oración de amistad con Dios (y con Ella) en el silencio de la contemplación.
Al tiempo, cuando el corazón parecía
haberse acomodado en la quietud, irrumpió Pentecostés. Dicen que el
Espíritu sopla donde quiere. Y así, el mismo día de la
Fiesta, el Espíritu Santo sopló de nuevo en mi vida. No para borrar el
pasado —porque el amor verdadero es eterno—, sino para ensanchar y ampliar la
capacidad de amar.
Apareció Ella. O mejor dicho,
reapareció. Porque aunque habíamos compartido ámbitos y cruzado caminos hace
más de veinticinco años, Dios nos tenía reservado este kairós, este
tiempo oportuno para el reencuentro. Un amor
inesperado que vino a llenar el vacío existencial, no como un reemplazo,
sino como una nueva oportunidad sagrada.
No fue un deslumbramiento fugaz; fue
la certeza del vino nuevo. Descubrí que es posible sanar juntos, que dos historias
con sus propias heridas pueden encontrarse para construir algo nuevo y santo. Esta relación es una experiencia de amor que transforma;
es sentir la calidez de estar en casa, donde Dios está en el centro y
nos invita a celebrar la vida.
Hoy, mi vida integra estos dos amores
en un solo movimiento de gratitud. El dolor por la partida de quien fue mi
compañera se entrelaza con la alegría de quien hoy camina a mi lado hacia un
nuevo horizonte matrimonial. No se contradicen; se completan en el misterio del
corazón humano que, cuando se deja tocar por Dios, siempre se expande.
El mate ya no se toma en soledad; se
comparte. Y en ese compartir, en esa oración de
amistad hecha diálogo y compañía, vuelvo a confirmar que el Amor es más
fuerte que la muerte.
Como peregrinos
de la esperanza,
seguimos caminando. No nos inquietamos por el mañana, porque sabemos que a
cada día le basta su preocupación y que la paciencia todo lo alcanza.
La vida sigue, y la celebramos porque amamos la vida.
Y en cada mate compartido, en cada recuerdo honrado y en cada nuevo proyecto de
a dos, confirmamos la promesa:
Quien a Dios tiene, nada le falta.
Solo Dios basta.
Nombre: Javier Esteban Giangreco País:
Argentina Biografía: Un peregrino de la esperanza, que descubrió que el
amor es más fuerte que la muerte y que Dios siempre nos da una nueva
oportunidad para ser felices y valiosos.
“Uno vuelve siempre a los viejos
sitios donde amó la vida…”
Del 21 al 23 de noviembre, estuve
de nuevo en el Monasterio Benedictino Santa María de Los Toldos. Fui por
primera vez a mis 19 años y hoy, más de 25 años después, cuento con varios
retiros por esos lados en mi haber. Pero esta vez, fue distinto.
“…y entonces comprende, cómo
están de ausentes las cosas queridas”
Fue mi primera visita desde que
falleció Mamerto. Y eso lo cambia todo. El lugar, hermoso como siempre. Uno se
encuentra con Dios también en ese paisaje, en la naturaleza que brilla en todo
su esplendor. Las oraciones comunitarias con los monjes, siempre presentes
acompañando los diferentes momentos del día. El silencio. Los ejercicios
espirituales que, una vez más, me preparó mi cura amigo. El pan, el queso, el vino.
Todo lo mismo, lo de siempre… pero ya no está Mamerto.
Fui dos veces al cementerio en
esos tres días. Las últimas dos veces que estuve en Los Toldos, Mamerto en
persona señalaba el lugar donde descansarían sus restos agregando, con el humor
de siempre, que allí “iba a estacionar”. Y, de hecho, ahí está la lápida. Sé
que él no está en ese lugar, pero me ayudó sentarme al lado, rezar, hablarle.
También, debo reconocer, fue muy lindo hacerlo acompañado. Es más, creo (de
creer, con fe) que Mamerto tiene mucho que ver en esa compañía (pero sobre eso
compartiré en otro momento).
Todo lo que quise escribir sobre
él ya está en el posteo del 9 de junio (tres días después de su muerte). Por eso,
me reservo los últimos párrafos, los próximos, para hablar sobre qué me dejaron
estos tres días de encuentro con Dios:
Lo primero, ser agradecido. Fue
un año de muchas bendiciones. Como toda mi vida, creo. A veces, me preguntan
por mi fe en momentos de dolor y oscuridad, que los tuve, pero siempre me sentí
mucho más cerca de la luz y por eso doy a gracias a Dios. Por la vida que viví
hasta hoy. Por las personas con las que compartí. Por mis hijos, y toda mi
familia. Por los cambios laborales, profesionales de este 2025. Por los logros,
en especial con la escritura, que se dieron en este año. Y por el amor, por mi
compañera con la que andamos soñando juntos.
También hubo pedidos y súplicas,
desde luego. Me alegra saberme escuchado por Dios, aunque no siempre responda
como yo lo espero. Es que la experiencia de abandonarse en Él, algo que vivencio
cada vez más, trae serenidad, paz y alegría a mi vida. Amén.
Hay que saber irse a tiempo. No
es fácil, lo sé. La sabiduría y la prudencia son dos virtudes, y los hábitos
buenos hay que ejercitarlos. No siempre hay un adónde ir, pero saber dónde no
hay que quedarse ya es un paso valioso.
En septiembre me ofrecieron el
retiro voluntario de la Honorable (¿?) Cámara de Diputados de la Nación. Luego
de casi 20 años ahí, me ofrecían la posibilidad de irme con una indemnización.
La plata era un señuelo, más en estos tiempos donde ya no recuerdo lo que era
llegar a fin de mes sin endeudarme. Pero no iba a dejar que mi decisión fuese
solamente económica, y me puse a pensarlo, charlarlo con gente cercana que me
quiere, y rezarlo mucho.
Cuando ingresé a Diputados en
abril de 2006, lo hice convencido de que la política es una herramienta de
transformación de la realidad, una de las formas más altas de la caridad, una
de las maneras de mejorar la vida de las personas, las comunidades,
especialmente las más vulnerables, perjudicadas y desfavorecidas. Veinte años
después sigo creyendo lo mismo, a pesar del ejercicio concreto de quienes toman
las decisiones y las ejecutan.
Ingresé con mucha ingenuidad,
altas expectativas y esperanza. Las dos primeras las fui perdiendo en el camino
y la última, si bien ya no está intacta, sigue presente… porque es lo último
que se pierde. Asesoré, aprendí, mejoré, me formé, milité, fui candidato,
incidí en varios proyectos que terminaron siendo textos legales de nuestro
marco normativo, y hasta puedo decir que fui actor fundamental en una ley
vigente en nuestro país. También me pasó factura la política partidaria, con
sus luces y sombras.
Lo cierto es que en septiembre nos
ofrecieron, solo por ese mes, la posibilidad de irnos de manera voluntaria con
algo de plata a cambio. Consulté las condiciones el primer día, pero terminé
decidiéndome recién el último. Sin certezas. Con mucho riesgo. Sin red laboral
donde caer, pero con la fe como bandera. Las ofertas laborales, y las
entrevistas que tuve, terminaron corroborando mi intuición inicial.
Hay que saber irse a tiempo. No
es fácil, pero lo hice. Voy a extrañar personas, y me llevo recuerdos de épocas
mejores. Pero siempre rezo por poder discernir de la mejor manera la voluntad
de Dios en mi vida, y hoy tengo paz y alegría con el camino elegido. “Vivimos a
una decisión de cambiar el rumbo de los acontecimientos”, escribí en el primer
capítulo de “Vale la pena”. Bueno, eso hice y se materializa hoy, en este
último día de trabajo en la HCDN. Una decisión que tiene que ver con lo
vocacional, con el sentido, con los proyectos, con los sueños. Una
decisión muy importante, una más en este hermoso 2025 que vino a cambiarme la
vida… para mejor. Para seguir siendo feliz y valioso. Que así sea.
La espera valió la pena. La novela ya está entre nosotros.
Desde hace unos meses que me llegan millones de consultas por WhatsApp, mail, llamadas al teléfono fijo, por instagram, TikTok, y hasta me han parado en la calle solo para saber cómo comprar mi novela. Bueno, llegó la hora de revelar uno de los grandes misterios de la historia de la humanidad.
¿Querés comprar la novela? Es muy fácil.
La mejor opción es escribirle de mi parte a Abismo Libros (@abismolibros en instagram) y te van a ofrecer el libro con descuento. Además, podés pedir dedicatoria personalizada y, en una de esas, te entrego el libro en mano.
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