sábado, 17 de octubre de 2026

El hombre que murió de pie

 

En el invierno del 94 yo tenía catorce años. Vimos la final del Mundial en la casa de mi abuelo, con mi viejo y mi hermano. Mi abuelo, Don Antonio, había nacido en Italia. A mí me decían "el Tano", por mi apellido y por la fábrica de pastas de la familia. Mi ídolo indiscutido era Roberto Baggio, a tal punto que tenía su póster con la camiseta azzurra en la pared de mi pieza.

Aquella tarde en que la pelota de Roby se fue a las nubes y Brasil festejó, me quedó grabada una imagen para toda la vida: Baggio clavado en el pasto, con la cabeza gacha, los brazos en jarra y el peso del mundo sobre la espalda. Roto, pero de pie.

Cuatro años después, en Francia 98, yo tenía dieciocho y miraba un partido en mi habitación. Era el debut de Italia en ese Mundial, el primero desde aquella final perdida. Lo veía con la que años después sería la mamá de mis hijos. Por aquel entonces éramos novios desde hacía apenas cuatro meses. Minuto ochenta y pico: penal para Italia. Reviví, de golpe, aquella tarde en lo de mi abuelo. Roby agarró la pelota, respiró hondo y la puso contra un palo. Gol. Grité como un loco y nos abrazamos. Il Divin Codino seguía de pie.

Nico todavía no había nacido. Llegó doce años después, en 2010. Y con él, la herencia inevitable: las jornadas enteras respirando baby o futsal en el club, los nervios en la tribuna y esa complicidad silenciosa de dos que entienden el mundo a través de una pelota.

A fines de 2022 escribí una crónica para un concurso de narrativa de Orsai que se llamó Mi primer Mundial sin Ella. La escribí cuatro años después de la muerte de la madre de mis hijos, buscando en la literatura una forma de ponerle palabras al dolor de quedarme solo con dos chicos y de entender cómo se sigue caminando. Ahí rescataba, entre otras cosas, esta historia: el que patea afuera en el 94 y lo vuelve a intentar en el 98.

El texto obtuvo el quinto puesto en el concurso y después quedó guardado y olvidado, como quedan esas cosas que uno escribe para salvarse un poco del abismo. Hasta que, una tarde de 2025, volvió a mí de una manera que jamás habría imaginado.

Nico llegó de la escuela, dejó la mochila y se me acercó con dos hojas de carpeta. Con esa timidez canchera que tienen los hijos cuando quieren mostrar algo que hicieron bien pero disimulan para no parecer sensibles, me dijo:

—Mirá lo que escribí, pa.

Agarré las hojas. Arriba, en tinta rosa de la profesora, una nota inmensa:

«10 (Diez) ¡Te felicito! Es verdad, emociona».

Bajé la vista y leí el título que eligió mi hijo, en letra cursiva prolija:

«El hombre que murió de pie».

Empecé a leer:

«Pasadena, 17 de julio de 1994. Un calor asfixiante, pero lo que pesa no es el sol, es el mundo sobre sus hombros... Roberto Baggio está sentado, mirando sus botines...».

Nico narraba la tensión del vestuario, la pierna lastimada, el silencio del estadio, el penal errado y la dignidad del que deja todo. «Escribe mejor que yo», pensaba mientras leía. En la segunda hoja, el pibe de catorce años metió un quiebre que me dejó helado:

«Y él tampoco olvidó. En el próximo partido que jugó con su país, hubo un penal... Agarró la pelota, la puso en el punto de penal, respiró hondo y pateó. Esta vez, la red se movió. No lo hizo para callar bocas, lo hizo porque así son los grandes: caen, pero siempre se levantan».

Me quedé mirándolo, con las hojas temblando en la mano y lágrimas en los ojos.

—Nico... ¿vos leíste la crónica que escribí en 2022?

—No, pa, ¿cuál?

—La del concurso. La de Baggio.

—No. Vi un video en TikTok que contaba la historia, me acordé de que a vos te gustaba y me dieron ganas de escribir sobre eso para el cole.

No me mintió. No la leyó. Pero hay cosas que no se leen con los ojos.

La muerte de Mary, su madre, nos obligó a Nico y a mí a aprender a los golpes qué significa aguantar el temporal. Yo usé la escritura para no caerme. Él, sin saberlo, la usó para decirme que me vio.

Nico no escribió sobre un futbolista italiano que falló un penal hace tres décadas. Escribió sobre el dolor de un hogar, sobre las pérdidas que te parten al medio y sobre la obstinación de «seguir adelante a pesar de».

El hombre que murió de pie no era Roberto Baggio.

Éramos nosotros.

Y en esas dos hojas de carpeta, mi hijo me estaba avisando que el peso del mundo no caía solo sobre mí.

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Podés consultar el material documental y las hojas originales en la carpeta compartida de Google Drive: https://drive.google.com/drive/folders/1UT0drUYqSaM9kXwvFEaUK1f4sG4stOz-

https://linktr.ee/javiergiangreco

https://javiergiangreco.carrd.co/

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