domingo, 6 de enero de 2019

De Reyes Magos y Estrellas

Hoy es, para los cristianos, la Fiesta de la Epifanía que, etimológicamente, significa "manifestación". Es la fiesta del mostrarse, del darse a conocer de Dios a todas y todos. Es una fiesta litúrgica más antigua que la Navidad y, de hecho, en algunos lugares celebran el Nacimiento de Jesús los 6 de enero.
Se lee el Evangelio de Mt 2, 1-12; siempre el mismo texto ya que es el único evangelista que lo relata. De aquí en más iré citando algunos fragmentos de los escritos que aparecen linkeados al final por lo que, se los sugiero, es mejor ir directamente a esos escritos...

"Lo primero que debemos tener en cuenta es que San Mateo no dice que los Reyes Magos fueran ni tres, ni Reyes, ni Magos...
Pero ¿es posible que el episodio de los Magos sea verídico, y que estos personajes se presentaran realmente en Belén cuando nació Jesús? Si analizamos el relato a la luz de la historia, más bien parecería que no...
¿Por qué, entonces, Mateo lo incluyó entre los sucesos de la infancia de Jesús? Para responder a esto, debemos tener presente que San Mateo compuso su Evangelio para una comunidad cristiana de origen judío, es decir, que tenía una formación y una cultura judías. Y sabía que los judíos tenían una gran estima por los grandes personajes del Antiguo Testamento. Ahora bien, Mateo no conocía demasiados detalles de la infancia de Jesús. Sí conocía al Jesús adulto, pero no al Jesús niño. Entonces decidió contar los distintos episodios de la infancia del Señor basándose en la vida de los personajes del Antiguo Testamento...
Es posible, pues, que el relato de los Magos, así como está contado en el Evangelio de Mateo, no haya sucedido realmente. Que no se trate de un hecho estrictamente histórico, sino que haya sido creado por San Mateo, teniendo como base la narración de la visita de la reina de Saba a Salomón. Este modo de contar la biografía de alguien era muy común entre los teólogos judíos de aquel tiempo, que más que una precisión histórica, buscaban siempre transmitir una enseñanza o un mensaje.
Y por supuesto que los lectores judíos, al leer el relato de los Magos, descubrían inmediatamente lo que el autor les quería decir: que Jesús era un nuevo y más grande Salomón, enviado por Dios a la tierra; que en este Niño nacido en Belén residía una sabiduría y unos conocimientos extraordinarios, como nunca los hubo antes en ningún ser humano, ni los podrá haber después; que las cosas que este Niño diga cuando sea grande, aunque resulten desconcertantes o sorprendentes, pueden ser aceptadas con confianza; porque es Dios quien habla a través de Él...
San Mateo nos cuenta que, cuando Jesús vino al mundo, unos Magos del lejano Oriente se enteraron de su nacimiento. No pertenecían al pueblo judío, ni conocían al Dios verdadero, ni practicaban la auténtica religión; sólo observaban los astros y estudiaban ciencias secretas. Pero mediante la aparición de una estrella Dios les hizo saber de la llegada del rey de los judíos a la tierra. También nos dice que los Sumos Sacerdotes y Escribas judíos pudieron enterarse del nacimiento del Mesías, pero por otro camino: descifrando las profecías de las Sagradas Escrituras. Finalmente, también el rey Herodes se enteró del nacimiento de Jesús, por sus asesores políticos.
El evangelista enseña, así, que Dios quiere hablar con todos los hombres, y que para ello emplea el lenguaje que cada uno puede entender. A Herodes le habló a través de sus asesores. A los Maestros de la Ley, a través de la Biblia. Y a los Magos, a través de sus estudios astronómicos. Dios no rechaza a nadie. No excluye a nadie de la salvación. Ni siquiera a los Magos, que para la mentalidad judía de entonces eran extranjeros despreciados y que vivían en medio de su ignorancia y sus creencias supersticiosas. También a ellos les dirigió su Palabra, y de una manera en que pudieran entender.
Hoy en día, en que algunas categorías de personas (divorciados, matrimonios irregulares, alcohólicos, drogadictos, enfermos de sida, madres solteras, desvalidos), por uno u otro motivo no encuentran lugar en la Iglesia, y hasta son excluidas en nombre del mismo Dios, los Reyes Magos lejos de constituir una historia feliz y romántica para contar a los niños, representan la advertencia divina de que el Sol sale para todos; y que nadie debe quedar afuera de la salvación de Dios."

"Si la estrella del relato no era un fenómeno celeste, entonces es un símbolo, y por lo tanto debe tener algún significado.
Esto hace que los autores modernos se pregunten: ¿cuál es el sentido que tiene la estrella en el relato de Mateo?
Hoy los biblistas sostienen que en realidad Mateo compuso este pasaje para exponer aquí la tesis de la universalidad de la salvación. De este modo, cada elemento de la narración simbolizaría una realidad distinta: los magos representan a los paganos; Herodes, a los judíos; y la estrella, la fe.
Mateo pretende, así, explicar que Jesús, una vez nacido en Belén como un niño judío y para salvar a los judíos, quiso brindar también al paganismo, ya desde la cuna, la posibilidad de un encuentro, para lo cual envía la luz de la fe (estrella), cuya misión es guiar a los gentiles (magos) hasta el lugar donde se encuentra el salvador (Jesús).
Pero Mateo es consciente de que el pueblo judío es el pueblo elegido, y que tiene un privilegio por encima de todas las demás naciones. Por ello, la estrella (fe) no puede guiar a los magos (paganismo) directamente a Jesús. El judaísmo conservaba su posición de privilegio, y sólo por intermedio de ellos era posible llegar hasta el salvador. Es por eso que en el relato la estrella no guía a los magos a Belén sino a Jerusalén, para que sea Herodes (el judaísmo) quien los lleve hasta Jesús. La estrella, pues, no aparece equivocándose sino cumpliendo su cometido, llevando a los paganos a confrontar sus inquietudes con los judíos.
Pero el judaísmo (Herodes) rechazó a Jesús. Entonces el camino queda libre para que los paganos puedan ir guiados por la estrella (fe) hasta el lugar mismo donde se encuentra el salvador.
Todo privilegio tiene su correspondiente obligación. Y el evangelista recuerda que Israel estaba mucho más constreñido a recibir al Mesías, tenía las luces necesarias para descubrirlo en el niño Jesús. Incluso su nacimiento en Belén proclamaba a los cuatro vientos que el reino mesiánico había llegado. Pero el relato de los magos nos enseña cómo el judaísmo renuncia voluntariamente a su posición singular. No quiere ir al encuentro del Mesías. Lo rechaza. Más aún, lo considera un usurpador y un peligro. Y rehusando conducir al mundo gentil hasta donde se encontraba Jesús, renuncia voluntariamente a los privilegios que le otorgaba su situación de pueblo elegido.
Y es entonces, y sólo entonces, cuando al paganismo se le abren las puertas para acercarse directamente a Jesús. Ya no precisa llegar al Salvador a través del judaísmo. El antiguo pueblo cede paso a uno nuevo.
Al narrar este episodio de la estrella, Mateo está contando algo que en realidad sucedió después de la resurrección de Cristo. La mayor parte de los judíos rechazó a Jesús, a tal punto que en tiempos de Mateo las autoridades judías eran hostiles a los cristianos, los perseguían y encarcelaban. En cambio los paganos, es decir, los no judíos, aceptaron la nueva fe y se volcaron en masa a las comunidades cristianas.
Entonces Mateo, frente a este fenómeno, hizo retroceder hasta el nacimiento de Jesús la llegada de los paganos, y cuenta como si ya con en su nacimiento Mesías se hubieran abierto las puertas del cristianismo a todos los pueblos gentiles.
La estrella de los magos en el relato de Mateo no es pues ningún fenómeno celeste que haya aparecido realmente en el firmamento, sino el símbolo de la luz de la fe que brilla en las tinieblas del pecado cuando el salvador aparece en el mundo.
Mateo plasma así una tesis nueva. Jesús, aun siendo judío y descendiente de David, es un Mesías con fuerza para ahuyentar del mundo entero las tinieblas del pecado, por más lejano que se encuentre el hombre, y en el desierto que sea. Para ello éste debe cumplir un solo requisito: dejarse guiar por la luz de la fe.
Los escribas y sumos sacerdotes reunidos por Herodes, al escudriñar la Biblia para averiguar sobre la estrella habrán encontrado seguramente no menos de 465 profecías sobre el Mesías, y más de 550 alusiones a él en las Escrituras. Y hasta le indicaron a Herodes el lugar exacto donde podía encontrar al Salvador, al verdadero rey de los judíos. Sin embargo ninguno se puso en movimiento.
Los magos, en cambio, nos dejaron el ejemplo de quien está en actitud de búsqueda ante Dios.
En nuestra vida suelen suceder hechos cargados de sentido que reclaman nuestra atención. Ciertamente si uno no se pone a investigar, a ver qué quiere decirnos Dios, vive más tranquilo, no se cuestiona, no se hace problemas. Pero no avanza, se mueve en un horizonte estrecho, mezquino, sin dimensiones, y se priva de lo que le ofrece su capacidad para progresar.
Los magos estaban a la espera. Aguardaban. Y cuando apareció algo en su cielo, comprendieron que era el signo. No dudaron. No se dejaron enredar con falsas hipótesis. Iniciaron una larga caminata cargando el deseo de cumplir la voluntad de Dios, y de seguir adelante pese a todos los sacrificios que tal decisión implicaba.
En la vida hay que seguir una estrella. Un ideal. Un proyecto de vida. Un modelo de santidad. Esa es la estrella que brilla para nosotros en nuestro cielo azul. Y hay que seguirla a pesar de todos los sacrificios que impone.
Jesús nos espera al final."

"Todos los exegetas están de acuerdo en que no se trata de un pasaje histórico, una crónica, sino de una narración simbólica, de un género literario llamado por los biblistas “midrash haggádico”, que tiene mucho que decir a los cristianos de todos los tiempos. El relato pone de manifiesto la gran noticia: “Os ha nacido un Salvador, el Mesías” (Le 2,11). Pero quienes fueron llamados los primeros, los que conocían “la Ley y los Profetas”, quienes lo esperaban desde hacía siglos “no le recibieron” (Jn 1,11). En cambio, “a pueblos que andaban en tinieblas y en sombra de muerte les iluminó una luz esplendorosa” (Mt 4,16). Mateo escribe el relato de los magos a la luz de las comunidades que forman la Iglesia, el nuevo pueblo de Dios, compuesto en su gran mayoría por cristianos venidos de la sociedad pagana. El relato, pues, más que histórico, es teológico, simbólico, con vigencia hasta el final de los tiempos...
La estrella es para nosotros cada llamada del Señor a través de diversos signos que nos invitan a la primera conversión o a superar una etapa en la vivencia de la fe. Esa estrella puede ser una desgracia o un fracaso que nos invita a renunciar a los ídolos y a confiar en el que tiene palabras de vida eterna (Jn 6,68). La estrella puede ser el testimonio de un testigo apasionado por Jesús y su Causa, un libro inquietador, la reflexión de un creyente, la vida vibrante de una comunidad que nos invita a partir… Todo ello es gracia, don, signo del amor gratuito de Dios. Estas estrellas aparecen en el firmamento de nuestra vida, no son fruto de nuestro ingenio como las estrellas de nuestros belenes. A nosotros nos corresponde vivir atentos y observar las “estrellas”.
Quizás nos digamos: “Bueno, yo ya soy creyente, soy cristiano practicante, de modo que el mensaje de este relato no tiene nada que ver conmigo…”. La fe es un éxodo. Hay que partir muchas veces. La fe no es algo que se tiene como una joya en un cofre; es una relación de amistad y de comunión con el Señor y, a través de él, con el Padre y el Espíritu. Tal relación no está nunca hecha del todo, ha de estar en constante crecimiento.
La vida cristiana es una llamada a superar etapas. Dios nos hace sucesivas invitaciones a partir… La pareja que se casa, el sacerdote que sube al altar, la religiosa que se compromete ante Dios… saben que inician una “aventura”, pero lo hacen con entusiasmo y fe. Luego, los roces de la vida y nuestra propia mediocridad nos van desgastando. Aquel ideal que veíamos con tanta claridad parece oscurecerse. Se pueden apoderar de nosotros el cansancio y la insensibilidad. Tal vez seguimos caminando, pero la vida se hace cada vez más dura y pesada. Ya sólo nos agarramos a nuestro pequeño bienestar. Seguimos “tirando”, pero, en el fondo, sabemos que algo ha muerto en nosotros. La vocación primera parece apagarse. Es precisamente en ese momento cuando hemos de escuchar esa “segunda ilamaüa” que puede devolver el sentido y el gozo a nuestra vida. Precisamente los magos encarnan la figura del hombre o de la comunidad que atisba la llamada de Dios en los signos de los tiempos, en los hechos de su vida, en “estrellas” que invitan a caminar. Es el “kairós”, la oportunidad que Dios nos ofrece...
La Palabra nos urge, pues, a preguntarnos: ¿Qué estrella o estrellas han aparecido en mi entorno que me provocan éxodo? ¿Hacia dónde me guía esa estrella o estrellas para entablar una nueva relación con el Señor y un modo nuevo de ver y vivir?...
A los magos se les ocultó la estrella. Pero no por eso emprendieron el viaje de regreso, no por eso desistieron. Utilizaron los medios a su alcance, siguieron buscando…
Hay que caminar juntos porque, de vez en cuando, en la vida se oculta la estrella, se hace de noche y el miedo se apodera del corazón. Con compañeros al lado, la noche es menos noche. Son los días de desconcierto en que parece que Dios se ha ausentado y se ha olvidado de nosotros. “¡Ay del solo! Si cae no tiene quien le levante” (Eclo 4,10). Todos los libros del Nuevo Testamento presentan a los cristianos viviendo en comunidad, caminando juntos en estrecha fraternidad, apoyándose en momentos de debilidad y de desconcierto (1Ts 5,14; Ef 4,1-6; Flp 2,1-4).
La Palabra de Dios nos recuerda con este relato la misión de ser luz, estrellas orientadoras para los demás. Hay que partir de que Jesucristo es un derecho de todos, es luz “para alumbrar a las naciones” (Le 2,32). Y nosotros somos responsables de que otros puedan gozar de ese derecho. Ya en nuestro bautismo se nos entregó un cirio encendido en el gran cirio, símbolo de Cristo, para que seamos luz del mundo (Mt 5,14).
Estamos llamados a ser estrellas e iluminar con nuestro testimonio personal y colectivo. Testimonio de palabra, desde luego, pero sobre todo de vida. Y, juntos, testimonio de amor recíproco, de unidad, de fraternidad, como nos señaló Jesús: “Que sean uno como tú y yo, Padre, somos uno, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17,21-23). Tertuliano testifica la admiración que suscitaba el convivir fraterno de los primeros cristianos. Los paganos, llenos de asombro, comentaban: “¡Mirad cómo se aman!”. “Que al ver vuestras buenas obras -señala Cristo- glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5,16). El cardenal Suhard dijo inspiradamente: Ser testigo es llevar una vida que resulte inexplicable sin Dios.
La Epifanía es mucho más que una fiesta folclórica e infantil. La figura simbólica de los magos nos invita a seguir buscando a quien ya hemos encontrado por la fe; nos invita también a proclamar con nuestra vida, sobre todo, que Jesús es de verdad nuestro Salvador y Liberador. Charles de Foucauld repetía enardecido: Que nuestra vida grite el Evangelio." 
 





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